-¡Doctor, doctor! Tiene que venir. Es urgente.
-¿Qué pasa? ¿Qué son estos gritos?- preguntó el doctor García al celador que estaba en su despacho visiblemente alterado.
Carlos aspiró una bocanada de aire para tranquilizarse antes de volver a hablar.
-El paciente Mario Guevara ha hablado.
El doctor se levantó de su silla y se encaminó junto con el celador a la habitación del paciente. Este hombre no había abierto la boca desde hacía dos años, el tiempo que llevaba allí tras el veredicto del juez de enajenación mental tras haber matado a sus tres hijos y a su esposa ahogándolos en el pantano que hay frente a la casa donde vivían.
-¿Y qué dice? -le preguntó el doctor a Carlos.
-Repite una y otra vez “ya viene, ya viene”
Al llegar a la habitación del paciente lo encontraron en su cama en posición fetal, acunándose y diciendo lo que el celador le había dicho.
El médico se acercó a él intentando calmarlo.
-¿Quién viene? -le preguntó.
No obtuvo respuesta.
El paciente seguía con aquella cantinela.
-Trae un sedante, este hombre está al borde de un colapso - le dijo el médico a Carlos.
Cuando el celador salió de la habitación el edificio comenzó a temblar.
Parecía que un terremoto sacudía la institución mental.
El doctor se levantó y se encaminó hacia la ventana al tiempo que se daba cuenta de que aquellas sacudidas no eran fruto de un temblor de tierra sino de las pisadas de alguien o algo de un gran tamaño. A cada zancada el edificio temblaba.
Se encaminó corriendo hacia la cama del paciente y le preguntó ¿qué pasaba?
Mario Guevara sólo le puso decir que ya era tarde él ya estaba aquí.
-¿Quién? -le preguntó el médico encolerizado mientras aquellos pasos sonaban cada vez más cerca -¡Dímelo ya!
Lo tenía agarrado por la pechera del pijama y lo zarandeaba de un lado a otro esperando una respuesta del paciente.
La electricidad se fue. La máxima seguridad de ese lugar desapareció. Los pacientes, incluso los más peligrosos recluidos en celdas, salieron a la calle.
El personal del centro intentó salir también pero las puertas se cerraron antes de que pudieran hacerlo.
Entonces desde las ventanas vieron a un ser alto, un monstruo cubierto de pelo y con un sólo ojo en la frente del cual salía un rayo que destrozaba todo aquello que tocaba.
Todos los pacientes del psiquiátrico hablaron al unísono como si estuvieran bajo la influencia de algo muy poderoso:
“Balor del ojo maligno observó la locura del mundo y vino a buscarnos. Nosotros, los locos, tenemos la respuesta.
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