miércoles, 3 de junio de 2026

PESADILLAS Y ALUCINACIONES

 Le despertó un aire gélido que le azotó la cara como una bofetada. Estaba desorientado y algo mareado. Se incorporó. Se dispuso a bajarse de la cama, pero… no había cama, estaba tumbado en la tierra, cubierto de hojas y lleno de polvo y barro. Se levantó de un salto, asustado. Su hermano estaba a su lado, todavía seguía dormido, lo sacudió con brusquedad para que se despertara. Juan, somnoliento, entreabrió los ojos. Cuando se dio cuenta de donde estaba, se puso a llorar.

Se miraron entre ellos, ¿Dónde estaban sus pijamas? Llevaban puestas unas camisas de lino que, en algún tiempo, muy lejano, habían sido blancas y que ahora estaban muy sucias y llenas de manchas. También vestían unas calzas que le llegaban hasta la rodilla, unas medias y unos zapatos de piel.

¿Cómo habían llegado hasta allí? Y por supuesto, ¿Dónde estaban?

El último recuerdo que tenía Carlos, el mayor de los hermanos, es adormecerse junto a Juan, en la habitación que compartían en la casa de sus padres. A ambos les encantaba la lectura y esa noche, Carlos le estaba leyendo en voz alta, un libro que les encantaba, Drácula, del escritor Bram Stocker. Después de ese recuerdo, nada, hasta que se despertaron en medio de aquel camino polvoriento, en un lugar desconocido para ellos.

Se preguntaban si estarían viviendo un sueño compartido, y si era así, cómo podrían salir de él y despertarse. Eran muchas las preguntas que rondaban por sus cabezas y ninguna respuesta a la vista.

Todavía no había amanecido. Echaron un vistazo a su alrededor, sólo había árboles y más árboles, y el camino en el que se encontraban (que parecía interminable y que se perdía más allá de donde alcanzaba sus vistas). Juan, empezó a temblar, pero no era de frío sino de miedo, la causa, fue una idea que se le cruzó por su cabeza. Se la hizo saber a su hermano ¿Y si algún animal salvaje tenía su hogar en aquel bosque? 

Escucharon unos gritos a lo lejos. Gente que se acercaba. Juan se puso eufórico, quiso gritarles, pidiendo ayuda, pero Carlos le tapó la boca y lo arrastró hasta un árbol cercano, escondiéndose detrás de él. No quería que los vieran, por lo menos, de momento. No sabía si podían confiar en ellos. Tenía un mal presentimiento. Un grupo de personas, hombres y mujeres portando antorchas, se iban acercando a ellos. Carlos le hizo señas a Juan de que se mantuviera callado. En silencio, pudieron escuchar lo que decía aquella gente. Al parecer buscaban a un demonio, una mujer. Hablaban de un gusano blanco. Decían más cosas que no lograban comprender. Se fueron alejando por el camino. Esperaron a perderlos de vista, para salir de su escondite. Se miraron entre ellos, estaban pensando lo mismo y ¿si aquel demonio los encontraba a ellos antes de que aquella gente lo matara? Juan rompió a llorar, su hermano lo abrazó y trató de consolarlo. No estaban preparados para vivir algo así. Y no sabían cómo salir de aquella locura en la que estaban inmersos. 

Decidieron seguir a aquella gente, manteniendo una distancia prudencial. No querían quedarse solos en aquel bosque tan siniestro y menos con un demonio por ahí rondando. Escucharon el crujir de una rama no muy lejos de donde estaban. Tenían los nervios a flor de piel y aquel ruido fue el detonante para que echaran a correr como alma que lleva el diablo. En esa alocada carrera Juan tropezó con la raíz de un árbol, cayéndose de bruces sobre el camino, lastimándose la cara y las rodillas. Empezó a gemir de dolor. Carlos corrió hacia él para ayudarle a levantarse.

 

Aceleraron el paso, Juan se iba sacudiendo el polvo de sus ropas. A un kilómetro aproximadamente, vieron al grupo de gente. Se habían parado a descansar. Se mezclaron entre ellos, esperando pasar desapercibidos. Pero dos hombres, altos y fornidos, con muy mal carácter, los agarraron de los brazos con fuerza. La gente se agolpó a su alrededor. No les gustó nada la manera en que los estaban mirando. Se hizo un silencio sepulcral cuando un anciano de pelo y barba blanca, vestido con una túnica morada, se fue acercando a ellos. La gente se iba apartando a su paso dejándolo pasar. No tardaron en comprender el por qué los observaban, ellos a pesar de sus ropas sucias y gastadas, no tenían aspecto de campesinos. Su tez era blanca y lo que más les destacaba como diferentes, era su pelo, eran rubios. Aquel anciano, al que parecía que todos temían y respetaban, tuvo la brillante idea (idea que ellos no compartían) de darlos como sacrificio a aquel demonio/mujer/gusano blanco para que los dejaran tranquilos. Profirió un discurso ante los presentes con voz firme y escogiendo adecuadamente las palabras que sabía harían mayor efecto entre los allí reunidos. Tenía un don innato para la oratoria. Todos, sin excepción, estuvieron de acuerdo, mientras gritaban alzando los puños ¡muerte! ¡muerte!

Tenían que escapar de allí. Pero ¿cómo?

La fuerza que hasta entonces aquellos hombretones habían ejercido sobre sus brazos ahora era casi mínima, se habían relajado ante el discurso de aquel hombre, parecían hipnotizados ante la verborrea del anciano. Los chicos se miraron durante un segundo y supieron qué hacer, ahora o nunca, pensaron, así que una patada bien dada en el lugar adecuado y una alocada carrera, tal vez los librara de una muerte segura. Pero… ¿hacia dónde? La libertad de momento. Luego ya pensarían algo. Irían improvisando.

Corrieron como nunca lo habían hecho antes. La gente después de un minuto de desconcierto, cuando se dieron cuenta de lo que había pasado, empezaron a perseguirlos.

      La carrera les llevó hasta un claro en el bosque. Un camino lo cruzaba. Era de noche, no había luna y apenas veían donde pisaban. Escucharon cascos de caballo acercándose. Más pronto que tarde, vislumbraron un carruaje que se detuvo a escasos centímetros de donde estaban. Un hombre, vestido con una túnica de color blanco, llevaba las riendas de dos corceles negros. Les habló con voz ronca, casi sepulcral. Los chicos inmóviles, muertos de miedo, fueron incapaces de articular palabra. El hombre les ofreció ayuda. Se dirigía al País de las Montañas Azules, los dejaría allí, muy cerca del castillo que había en aquellas montañas. Ellos accedieron de inmediato. Mejor estar bajo techo que seguir vagando por aquellos bosques.

Subieron al carruaje. El cansancio había hecho mella en ellos y pronto se quedaron dormidos.  El cese de movimiento los despertó. Habían llegado a su destino. Se apearon. El paisaje no había cambiado mucho, según rodeados de árboles. El carruaje siguió su camino. Aquel hombre ni siquiera se despidió de ellos. Estaban solos ante el camino de acceso a un inmenso castillo, de aspecto lúgubre, tétrico y descuidado.

Caminaron un largo trecho, hasta que se encontraron frente a una inmensa puerta de madera, ésta se abrió lentamente con un sonido chirriante. Un hombre de unos cincuenta años, pelirrojo, con unos ojos grises, pulcramente peinado con la raya del pelo hacia la izquierda, de estatura más bien alta y vestido con un traje negro y camisa blanca, estaba en el umbral de la puerta. Con una gran sonrisa y amabilidad les dio la bienvenida a su morada. Se presentó como Bram Stocker. Los muchachos estaban estupefactos, aquel hombre era el autor de la novela, que habían estado leyendo esa noche. ¿Era una coincidencia? No pudieron decir nada, era tal el estupor que los embargaba, que los había dejado mudos.

Los llevó hasta un comedor enorme, con una chimenea de piedra que llegaba hasta el techo. Estaba encendida. La mesa era enorme, podía dar cabida a más de cincuenta personas, estaba puesta para dos comensales. Una mujer, entrada en años, y en carnes, con un vestido negro y un delantal blanco, impoluto, les sirvió patatas asadas, pollo y una gran jarra de vino. Cuando hubo terminado, el anfitrión, la despidió amablemente, diciéndole que podía irse a casa, que esa noche ya no la necesitaría más.

La cena transcurrió de manera agradable y apacible. Los chiquillos le hicieron una gran cantidad de preguntas a aquel hombre. Éste trató de responderles lo mejor que podía, aunque no tenía respuestas para todas. Para la pregunta de las serpientes, si tenía respuesta, se llamaba el gusano blanco, comía carne de animales y también humana. Les contó una historia de una mujer a la que le había mordido aquella serpiente y tras días enferma por el veneno se recuperó totalmente, aunque su carácter afable y tranquilo cambió totalmente, pasando a ser huraña e incluso agresiva. La mujer, al cabo del tiempo murió y dicen que su espíritu, poseído por aquel gusano, vaga por los bosques. Ante tal idea, los chicos se estremecieron. Estaban seguros de que ese era el demonio que buscaba aquella gente.

Habían llegado al postre, una humeante cafetera fue colocada en la mesa, junto con unas tazas, El señor Bram sirvió el café y charlaron durante un rato más.

Luego les enseñó sus cuartos. Los hermanos preferían dormir en la misma habitación. Y así, se lo hicieron saber. Los acompañó a otra más grande, en la que había dos camas. Les deseó buenas noches y cerró la puerta tras de sí. Los muchachos, exhaustos, se quedaron dormidos al momento.

Por la mañana se despertaron por la claridad que irradiaba en el cuarto. No habían visto la habitación con claridad, porque la noche y las sombras no se lo permitieron. Ahora sí la podían ver bien.

La cama estaba dispuesta delante de unos grandes ventanales. Un gran armario veía pasar el tiempo muy erguido frente a la cama. En un rincón había una pila redonda con un pedazo de jabón, una toalla y una jarra de agua, todo indicaba que aquello era lo único que tenían para asearse. Salieron de la habitación, después de acicalarse un poco y se encaminaron hacia el comedor, esperando encontrar al dueño del castillo allí. Al señor Bram no lo encontraron, pero lo que sí vieron y recibieron con gran regocijo, fue el copioso desayuno que estaba preparado y esperando que alguien se lo comiera. Y ese alguien iba a ser ellos. Estaban muertos de hambre. Le preguntaron a la mujer de la noche anterior, la cocinera, por el dueño del castillo. Ella les dijo que por el día el señor siempre se ausentaba, asuntos de negocios lo tenían ocupado hasta la noche. La desilusión se dibujó en la cara de los muchachos. Le había caído bien y deseaban seguir conversando con él. Cuando terminaron de dar buena cuenta del desayuno, no sabían que hacer, estaban aburridos, así que decidieron explorar el castillo.

A pesar de que aquel día ni una sola nube acechaba en el cielo y el sol se mostraba en todo su esplendor, había poca luz en algunas partes del castillo. Haciéndolo más tétrico de lo que ya era. Recorrieron diversas estancias, pasillos larguísimos. Encontraron una estancia cerrada con llave, se imaginaron que seria las dependencias del señor Bram. Sus pasos los llevaron a una gran biblioteca atestada de estanterías que llegaban hasta el techo a las cuales se accedían por unas escaleras.

Estaban entretenidos hojeando los libros cuando una gélida brisa les hizo estremecer de frío. Se sobresaltaron y miraron a su alrededor, no había nadie más en la estancia, salvo ellos dos. La puerta estaba abierta de par en par, aunque ellos jurarían que la habían cerrado al entrar. Salieron al inmenso pasillo. No vieron a nadie, ¿o sí? A lo lejos, entre las sombras vislumbraron una silueta, parecía una mujer, vieron como doblaba la esquina. Jurarían que iba envuelta en un sudario blanco. Corrieron tras ellas, gritándole que esperara, la mujer no se detuvo, parecía que no les oía. Al llegar a la esquina, desconcertados, descubrieron que allí no había nadie, ni rastro de aquella mujer. Había desaparecido.

Siguieron recorriendo el castillo con cierto recelo. Hasta donde ellos sabían, solo había tres personas en el castillo, dos eran ellos y la tercera, la cocinera. El señor Bram estaba ausente. Entonces, ¿quién era esa mujer?

Decidieron ir hasta la cocina y preguntarle a la cocinera, pero no la encontraron por ninguna parte. Salieron al jardín, la vieron en el huerto. Carlos tenía la sensación de que los estaban vigilando. Alzó la vista. En una de las ventanas del primer piso vio el rostro de una mujer joven, con una larga melena negra, que los estaba observando. No tuvo dudas de que era la mujer que habían visto antes.

Agarró a su hermano por la camisa y tiró de él, éste protestó, pero en cuanto su hermano le contó lo que había visto, su rostro cambió, poniéndose blanco como la cera. Echaron a correr escaleras arriba. Cuando llegaron a la habitación, en el umbral de la puerta vieron a la mujer, seguía delante de la ventana. Era real. Le hablaron, pero no les contestó, como si no pudiera oírlos. Caminaron hacia ella despacio, pero en cuanto estuvieron a menos de dos metros, la mujer se desvaneció.

Los hermanos estaban realmente asustados, y decidieron que lo mejor era salir de aquel castillo cuanto antes. El problema es que no sabían cómo volver a casa. Si aquello era un sueño se estaba alargando demasiado. Volvieron al huerto, querían hablar con la cocinera, pero ya no estaba allí, tampoco la encontraron en la cocina. Parecía que se habían quedado solos allí con aquella aparición. Pronto anochecería. Estaban a escasos metros de la enorme puerta de entrada, cuando escucharon unos gritos aterradores. Guardaron silencio, parecían surgir de debajo de sus pies, del sótano.

Dudaron si salir de allí corriendo o ir a ver qué pasaba. Pero eran buenos chicos, con un gran corazón y la idea de que alguien pudiera estar en peligro, hicieron que dejaran la idea de marcharse para más tarde, y se encaminaran hacia el sótano. Provistos de un par de antorchas, bajaron las escaleras, eran muy empinadas, parecían prolongarse hasta el mismísimo infierno. Llegaron a una estancia lúgubre, maloliente, sin ventanas y sin muebles. En el centro del recinto había un joven, atado y amordazado a una silla. Era joven e iba bien vestido. Gritaba y suplicaba por su vida. Por sus palabras los muchachos se dieron cuenta de que no era allí. Y esa voz, sus ropas…. Les eran familiares.  Junto a él, pudieron discernir la figura de un hombre inclinado a la altura de su cuello. El hombre se removía con furia, intentando librarse de las cuerdas que le ataban los pies y las manos. Los muchachos empezaron a gritarle al hombre que se detuviera. En cuanto levantó la cabeza del cuello de la joven, para mirarlos, supieron quién era: el señor Bram. Y al mirar al hombre sentado en su silla vieron que se trataba de…SU PADRE.

Habían visto fotos suyas de joven. No llegaron casi a conocerlo eran muy pequeños, según les relató su madre, cuando emprendió un largo viaje para visitar un hombre que vivía en su castillo y que necesitaba un buen abogado para poner en orden su patrimonio.

A la luz de las antorchas, la transformación que había sufrido el dueño del castillo, no les pasó desapercibida. El semblante amable y cordial que recordaban de él, se había transformado en uno terrorífico, monstruoso. Al abrir la boca dejaba ver unos colmillos enormes y amarillentos y unas gotas de sangre resbalaban por la comisura de la boca. El hombre, presentaba unas marcas en el cuello, las marcas de los colmillos que se abrieron camino, atravesando la piel hasta su garganta, dejándole unos pequeños agujeros, de los cuales manaba sangre.

Ahora sabían cómo había muerto su padre.

Asustados, aterrados, y fuera de sí, se sentían aquellos inocentes chiquillos, al comprender que el hombre que tenían delante era un vampiro. Trataron de escapar. Se encaminaron hacia las escaleras por las que habían bajado, pero el hombre resultó ser más rápido de lo que esperaban y se situó delante de ellos, cortándoles el paso. Agarró a Juan de un brazo con furia, lanzándolo contra la pared del fondo del sótano. Cayó en el frío suelo, desmayándose a causa del golpe. Carlos, enfurecido por lo que le había hecho a su hermano, arremetió contra él con todas sus fuerzas, comprobando en sus propias carnes que aquel cuerpo era duro como una piedra y que no se había movido ni un centímetro de donde estaba. Entonces el vampiro lo agarró de la camisa, lo levantó del suelo y le clavó los colmillos en su garganta.

Carlos empezó a gritar con todas sus fuerzas y a mover los brazos de un lado a otro. Se incorporó en la cama, bañado en sudor. Entonces vio un ángel. Había muerto y estaba en el cielo, pensó. Pero ni estaba muerto, ni lo que estaba viendo era un ángel, aquella cara que lo estaba mirando con infinita ternura, tratando de calmarlo, era su madre. Un rápido vistazo a la cama de al lado le llegó para comprobar que su hermano estaba allí, sano y salvo y lo que era más importante, vivo.


miércoles, 20 de mayo de 2026

EL GRAN HERMANO TE ESPÍA

 —¡Joe, me voy! –gritó una mujer en el piso de abajo –te dejo comida en la nevera.

—¡Vale, mamá! –le respondió su hijo- ¡conduce despacio y dale recuerdos a los abuelos!

La puerta de la calle se cerró y Joe dejó escapar el aire que había retenido en sus pulmones hasta que escuchó el ruido de la puerta al cerrarse.

Todo un fin de semana solo. ¡Al fin libre!, pensó.

Había colocado diminutas cámaras en todo el pueblo. Una tarea ardua y difícil que le había llevado completar con éxito más de seis meses. Muchas noches durmiendo poco. Pero al fin lo había conseguido. Y podía ver desde la seguridad que le ofrecía su casa, cómodamente sentado delante de la pantalla de su ordenador el ir y venir de sus vecinos. 

Hacía días que se había fijado en un muchacho. Lo conocía del instituto. Era un chico solitario, sin amigos. Sabía que su padre alcohólico le pegaba. Su madre se había ido de casa hacía unos meses. Bueno… Esa era la versión oficial que distaba mucho de ser la real.  No sería difícil convencerlo de que fuera hasta su casa. Sabía que le flipaban los cómics de superhéroes y él tenía unos cuantos que había adquirido en una tienda de segunda mano y que sabía que le gustarían. 

Las cámaras las había puesto más por los turistas que por sus vecinos. Pero no podía desperdiciar una ocasión como aquella. Los turistas todavía no habían llegado y él tenía que cumplir unos plazos. 

Hizo una llamada rápida, cogió su cazadora vaquera y salió a la calle. 

Quince minutos después volvía a estar en su habitación esta vez acompañado de Tomas. Estaba entusiasmado con los cómics y no paraba de darle las gracias cuando Joe le dijo que eran suyos. 

Había dejado la pantalla del ordenador encendida, donde se podían ver las calles de la ciudad, pero Tomas pareció no darse cuenta de ello, o por lo menos no hizo ningún comentario al respecto.

El timbre de la puerta sonó. Joe bajó. Pero no abrió la puerta de la calle. Sabía que allí no encontraría a nadie. Fue hasta la puerta de atrás, la que daba al jardín y al huerto del que tan orgullosa estaba su madre.

Dos hombres de unos cuarenta años entraron tras él. 

Subieron hasta su habitación. Tomas seguía mirando con verdadero fervor aquellos comics.

Uno de los hombres se sentó en el borde de la cama junto a él fingiendo interés por lo que estaba leyendo el chaval. Tenía algo entre las manos que colocó bajo la nariz de Tomas.

Este perdió el conocimiento casi de inmediato. 

—Buen trabajo muchacho, se ve sano –le dijo el hombre mientras le tendía un sobre- creo que podremos aprovechar todo de él.

Joe lo abrió y sonrió al ver el fajo de billetes que había dentro.

—Mañana tendré más –le dijo el joven- los turistas llegarán por la mañana.

Se volvió a sentar frente al ordenador sonriendo mientras decía:

—El gran hermano te espía.




miércoles, 29 de abril de 2026

NO ME TOQUES

 "Coleccionista de desgracias" rezará la placa colocada sobre mi lápida, porque eso es lo que soy yo. Mi última morada será en mi querida Iguña, corazón de Cantabria.

Mi vida hasta terminar la universidad, transcurrió de manera apacible, donde predominaban los buenos momentos sobre los malos. Me regalaron una moto el día de mi graduación, un sueño hecho realidad, gracias a la generosidad de mi padre.  

Aquel verano lo recuerdo como el mejor de mi vida. Emprendí en solitario una aventura sobre dos ruedas, recorriendo gran parte del país. Me sentía poderoso, invencible, un dios, inmortal, hasta que un coche me devolvió a la realidad de mi mortalidad. 

Crucé la fina línea que separa la vida de la muerte. No vi una luz al final del túnel. No. Vi el resplandor de una hoguera y sombras danzando a su alrededor. Sombras tenebrosas, malvadas. 

Una de ellas notó mi presencia y me agarró con fuerza del brazo arrastrándome con él. Grité, grité con todas mis fuerzas y me resistí con todas mis fuerzas. Me envolvió en su negrura y comencé a gritar. Fue entonces cuando salí del coma. Gritando, sudando, presa del pánico y con el corazón a punto de estallar en mi pecho.

 No regresé solo, traje a aquel ente, a aquel demonio conmigo. A partir de aquel momento toda persona que me toca acaba sufriendo algún mal que suele acabar en muerte. Una mala caída, un accidente, una enfermedad… Le enfermera que vino a verme sufrió un ataque al corazón allí mismo intentando cambiarme la vía. El médico murió en un accidente al salir de trabajar y así cada persona que me había tocado en ese hospital me tocaba acababa muerto en las siguientes horas.

Así que opté por vivir alejado del mundo, sin contacto humano alguno.  A veces, cuando la sombra me deja  escribir, lo hago sobre la oscuridad que habita en mí y en el mundo porque no estamos a salvo. Esos demonios viven entre nosotros y ansían nuestras almas. 

Otras veces cuando el demonio que habita en mí está ocupado hago algún que otro sudoku.


miércoles, 15 de abril de 2026

ODIO CUANDO...

 Gran parte de nuestra vida nos la pasamos diciendo o pensando, odio cuando, mis padres me dicen lo que tengo que hacer, odio cuando, el profesor me castiga o me suspende, a veces puede que injustamente y otras no, odio cuando mi jefe me exige más de lo que puedo o debo hacer, pidiéndome horas extras que luego no me va a pagar, odio cuando… y así una larga lista de cosas que odiamos, que, sin darnos cuenta, son el pan nuestro de cada día. No estamos conformes con nada. Bueno generalizando claro, habrá quien no se sienta reflejado ante estas reflexiones.

Bueno no sé quién va a leer esta carta, la policía tal vez, o los sanitarios, no lo sé. Cuando alguien lo haga yo ya estaré muerta y la verdad creo que me va a dar igual quien la lea, el caso es que lo hagan, por lo menos para ayudar a otras personas, que sé que las hay, que están en mi situación.

Me voy a matar, a quitar la vida, a suicidarme o como queráis llamarlo, porque ya estoy harta del odio cuando. Pero no del odio  que mencioné anteriormente, ojalá fuera ese, por dios que daría lo que fuera por que fuera ese, no, no lo es.

Odio cuando no tengo el control de mi cuerpo, ni de mi mente, ni de mis actos.

Odio cuando estoy relegada al fondo del abismo cuando otros “yo” toman el control.

Odio cuando exponen mi cuerpo a situaciones peligrosas, que no suelen salir bien y acaba mal parado.

Odio cuando la locura invade mi mente y pensamientos oscuros afloran en ella.

Odio cuando no soy yo y el resto del mundo no lo ve.

Tengo que convivir con cinco “yo” diferentes. Créanme es una tortura. Porque yo siento, veo y no puedo hacer nada.

Escribo esta carta en un momento de lucidez, soy yo, he logrado salir, porque los otros no están activos en este momento, están, en pausa, dormidos, tal vez sea la hora de la siesta para ellos (una broma para distender un poco el ambiente). No lo sé. Apagados o fuera de cobertura. Ahora mi verdadero yo tiene el control. Aunque sea por un breve espacio de tiempo. Y qué bien sienta, por dios. Por eso es ahora o nunca porque tal vez pase mucho tiempo, y muchas desgracias más, hasta que pueda volver a tener el pleno control de mis facultades físicas y mentales.

Pido perdón por lo que he hecho, aunque no pudiera evitarlo al no ser yo, lo he visto todo desde la oscuridad donde estoy inmersa, las atrocidades que han hecho, las mentiras que han dicho, los engaños y todo lo inimaginable que puede hacer un ser humano, lo han hecho ellos.

No quiero que nadie sufra más por todo ello. Entonces mientras no despierten me quitaré la vida, así no podrán hacer más daño. Saben aquel dicho “muerto el perro, muerta la rabia”, no sé si está bien que diga esto, pobre perro, pero no se me ocurría otro, lo siento.

Quiero que mi familia sepa que los quiero mucho, que siento todo el daño que les he causado, quiero que sepan que no era mi “yo”, ellos me conocen y saben que no mataría ni una mosca. Les perdono sus dudas, porque sé que las hubo. Y sobre todo espero de corazón que me perdonen y que me recuerden como la madre y esposa que adora a su familia y que intenté siempre hacer lo correcto.

Bueno, me despido ya, creo que la siesta ha llegado a su fin. No me queda mucho tiempo. Por favor, perdonadme, pero esto es lo mejor que puedo hacer por mí y por todos.

Siempre quise volar, como un pájaro, como un alma libre. Ahora lo haré, aunque sólo sea por unos segundos.

 


sábado, 21 de marzo de 2026

El asesino de la "mujer de rosa"

 Tras más de 20 años de incógnitas, los forenses e investigadores conseguían poner nombre a una mujer que figuraba en los archivos de la Interpol con el apelativo de 'La mujer de Rosa', respondía al nombre de Liudmila Zadava y era de origen ruso.

De esta mujer, cuyo cadáver apareció en la localidad catalana de Viladecans, en Barcelona, el 3 de julio de 2005, se sabe también que sufrió una muerte violenta. En el momento de su muerte contaba 31 años de edad. Su identificación fue posible gracias a la campaña promovida por la Interpol 'Identify Me', que ha contribuido a esclarecer la muerte de varias mujeres en distintos países europeos en extrañas circunstancias.
El cadáver de la mujer, según los análisis forenses practicados, se determinó que lo habían trasladado a la carretera en la que fue encontrado unas 12 horas antes del hallazgo. La mujer medía aproximadamente 1,60 metros de altura, tenía la piel clara, los ojos azules y el pelo castaño y ondulado. Toda su vestimenta (el pantalón, el top con estampado floral y las sandalias) era de color rosa, lo que propició que se la conociera con el apodo de "la mujer de rosa".
Lo peor de este caso es que su asesino o asesinos se han salido con la suya. Transcurridas las dos décadas que exige la legislación española, incluso podría proclamar públicamente haber perpetrado este crimen, que no le ocurriría absolutamente nada. Una vez más, la impunidad ha ganado la partida. Y eso siempre es una derrota para la sociedad.

domingo, 1 de marzo de 2026

BLANCA MENTIRA

 El teléfono sonó en casa de los García a primera hora de la tarde.

Elisa bajó corriendo las escaleras mientras gritaba:

-¡Ya lo cojo yo!

Ya nadie tenía un teléfono fijo en casa, pero su madre se había empeñado en no desconectarlo, no le importaba las modas, ni nada de eso. Aunque todos tenían un móvil, incluida ella, el fijo seguía en su sitio en el salón junto a la foto familiar de la familia.

Elena, la madre de Elisa, salió de la cocina limpiándose las manos con un paño de cocina, estaba fregando los platos de la comida. 

-Seguro que es del hospital -le dijo a su hija

-¿Diga?. Si soy su hermana. ¿Qué dice qué ha pasado?

Elisa estuvo unos minutos, que a la madre se le hicieron eternos, al teléfono sin articular palabra, solo escuchaba. Cuando al fin colgó, Elena, visiblemente preocupada, se dirigió a su hija.

-¿Le ha pasado algo a papá?

Elisa se sentó en el sofá, se cubrió las manos con las manos y comenzó a llorar.

Su madre nerviosa le preguntaba una y otra vez qué había pasado.

Cuando Elisa pudo por fin hablar, le dijo a su desconsolada madre que Eva había tenido un accidente cuando venía a casa y que la habían llevado al hospital, al mismo donde su padre estaba ingresado intentando recuperarse tras un infarto. 

Los pronósticos de los médicos en relación a la recuperación del padre no eran nada halagüeñas. Y el hombre sabiendo que sus días estaban contados llamó a su hija Eva para que fuera a verlo, sabiendo que no habría otra oportunidad de verse. 

Eva estaba estudiando fuera, en la universidad y tras la llamada cogió el coche y se dispuso a recorrer los trescientos kilómetros que la separaban de su padre.

Elisa y su madre cogieron sus cosas para ir al hospital. Eva estaba en cuidados intensivos y sólo les permitieron verla unos minutos, su estado era muy grave. Se había dado un fuerte golpe en la cabeza y tenía el cráneo roto por varios sitios. Estaba entubada. Le habían inducido un coma.

Desoladas fueron a la habitación del marido y padre. Estaba despierto. Les sonrió cuando las vio entrar. Estaba conectado a una máquina.

Les preguntó si sabían a qué hora llegaría Eva. Ellas le dijeron que estaba de camino. Una blanca mentira, para no preocuparlo.

A medida que pasaban las horas y su hija no llegaba, el hombre se ponía cada vez más nervioso. 

Les preguntó si le había pasado algo, si al final no podía venir o si había tenido un accidente. Madre e hija volvieron a negarlo todo. Pero él seguía sin creerlo.

Pero la tensión, la ansiedad le pasó factura y las máquinas comenzaron a pitar de una manera despiadada. Le estaba dando otro infarto y éste sería el definitivo, el que acabaría con su vida. Pero antes de morir dijo algo que sorprendió a los médicos y familiares.

-Eva, al fin has venido.

El hombre falleció pero su hija lo había hecho minutos antes.

El patriarca moría por culpa de la blanca mentira.


viernes, 6 de febrero de 2026

YA VIENE

 -¡Doctor, doctor! Tiene que venir. Es urgente.

-¿Qué pasa? ¿Qué son estos gritos?- preguntó el doctor García al celador que estaba en su despacho visiblemente alterado.

Carlos aspiró una bocanada de aire para tranquilizarse antes de volver a hablar.

-El paciente Mario Guevara ha hablado.

El doctor se levantó de su silla y se encaminó junto con el celador a la habitación del paciente. Este hombre no había abierto la boca desde hacía dos años, el tiempo que llevaba allí tras el veredicto del juez de enajenación mental tras haber matado a sus tres hijos y a su esposa ahogándolos en el pantano que hay frente a la casa donde vivían.

-¿Y qué dice? -le preguntó el doctor a Carlos.

-Repite una y otra vez “ya viene, ya viene”

Al llegar a la habitación del paciente lo encontraron en su cama en posición fetal, acunándose y diciendo lo que el celador le había dicho.

El médico se acercó a él intentando calmarlo.

-¿Quién viene? -le preguntó.

No obtuvo respuesta. 

El paciente seguía con aquella cantinela.

-Trae un sedante, este hombre está al borde de un colapso - le dijo el médico a Carlos.

Cuando el celador salió de la habitación el edificio comenzó a temblar.

Parecía que un terremoto sacudía la institución mental.

El doctor se levantó y se encaminó hacia la ventana al tiempo que se daba cuenta de que aquellas sacudidas no eran fruto de un temblor de tierra sino de las pisadas de alguien o algo de un gran tamaño. A cada zancada el edificio temblaba.

Se encaminó corriendo hacia la cama del paciente y le preguntó ¿qué pasaba?

Mario Guevara sólo le puso decir que ya era tarde él ya estaba aquí.

-¿Quién? -le preguntó el médico encolerizado mientras aquellos pasos sonaban cada vez más cerca -¡Dímelo ya!

Lo tenía agarrado por la pechera del pijama y lo zarandeaba de un lado a otro esperando una respuesta del paciente.

La electricidad se fue. La máxima seguridad de ese lugar desapareció. Los pacientes, incluso los más peligrosos recluidos en celdas, salieron a la calle.

El personal del centro intentó salir también pero las puertas se cerraron antes de que pudieran hacerlo.

Entonces desde las ventanas vieron a un ser alto, un monstruo cubierto de pelo y con un sólo ojo en la frente del cual salía un rayo que destrozaba todo aquello que tocaba.

Todos los pacientes del psiquiátrico hablaron al unísono como si estuvieran bajo la influencia de algo muy poderoso:

“Balor del ojo maligno observó la locura del mundo y vino a buscarnos. Nosotros, los locos, tenemos la respuesta.


PESADILLAS Y ALUCINACIONES

  Le despertó un aire gélido que le azotó la cara como una bofetada. Estaba desorientado y algo mareado. Se incorporó. Se dispuso a bajarse ...