viernes, 4 de septiembre de 2026

DELIRIOS

 


 

 He salido a comprar, el supermercado queda a escasos metros de mi casa. Es temprano, me cruzo con un vagabundo por la calle, me mira de soslayo, lo miro y un escalofrío recorre mi cuerpo al ver la cara sucia y arrugada de aquel hombre, con unos ojos pequeños y hundidos, empujaba un carrito, parecía pesar mucho, por el esfuerzo que hacía. ¿Y si había matado a alguien y lo llevaba allí, tapado con aquellos cartones y mantas viejas? Acelero el paso y miro de vez en cuando hacia atrás por si me sigue. No lo hace. El supermercado está abierto, pero las estanterías están casi vacías, hay escasez de casi todo. Cojo lo que necesito y me voy.  La epidemia que vivimos ha mermado los suministros básicos, tienen problemas en la distribución, la gente se muere y falta personal. La población ha mermado en un setenta por ciento. A este paso los que todavía seguimos vivos, nos moriremos de inanición. Regreso a mi casa, no es seguro estar en las calles, hay saqueadores por todas partes que te matarían por un trozo de pan.

De momento tengo comida para varios días, eso, estirándola. Luego la cosa se va a poner muy fea, como esto no mejore, y no creo que lo haga. En las noticias han dicho que la falta de alimentos y productos básicos es generalizada. Y a este ritmo llegarán a desaparecer.

Trabajo en una tienda de decoración, mejor dicho, trabajaba, porque con todo lo acontecido ya nadie quiere redecorar su casa. Ya no se venden cuadros, ni lámparas y mucho menos figuras decorativas con precios exorbitados. Ahora son otras las prioridades y las más importante y casi diría que única, es la de la comida. Los pocos vecinos que quedan en mi barrio casi no salen de casa, vivimos en una urbanización que es más o menos segura. De momento no se dieron saqueos en las casas. Pero el barrio está muerto, ya nadie pasea, ni se ven niños en el parque, ni personas paseando sus mascotas, por ver no se ven ni perros, gatos, ni ningún otro animal. He oído en las noticias que hay un montón de gente desaparecida. No saben quién los lleva, ni a donde, lo único que se sabe es que no se vuelven a ver. Esta noche he visto a una persona encapuchada por la calle, parecía que buscaba algo, me dio mala espina, pero no hice nada. Tengo miedo. Esta noche volveré a vigilar desde la ventana por si veo algo. Vivo sola, a mi marido y a mi hija se los ha llevado el virus y a veces, casi siempre para ser sincera, me culpo por seguir viva. Más de una vez pensé en suicidarme, creo que estaría mejor muerta y enterrada con ellos, que seguir como estoy, muerta en vida. Luchando cada día por sobrevivir. Los hospitales están faltos de personal, han muerto la mayoría de los médicos y enfermeras, y los que quedan están agotados y desmoralizados, porque son incapaces de parar este virus que nos asola. Los infectados siguen creciendo día a día. Sólo hay que ver lo que dicen en la televisión.

Ya es de noche estoy en la ventana, he visto al tipo de la noche anterior, voy a seguirlo, sé que es una locura. Lo hago guardando una distancia prudencial, llevamos un rato caminando, creo que no se dio cuenta de que estoy tras él. Gira a la izquierda y se mete en un callejón. Lo sigo.  Está muy sucio, hay contenedores de basura por todos los lados. El hombre abre una puerta que hay al fondo y entra. Sigo andando, llego hasta allí, y lo sigo hasta el interior. Alguien me agarra por el cuello. Me han descubierto. Pierdo el conocimiento, seguramente por el golpe que me han dado en la cabeza. Al volver en mí, hay un tipo mirándome fijamente. Me ayuda a levantarme.

Ya estoy en casa. Esta noche volveré a salir, sé lo que tengo que hacer. Me lo han dejado muy claro. Veo una joven con una caja de cartón en la mano, va corriendo, yo estoy rezagada tras un seto que hay delante de mi casa, la observo. Aporrea con fuerza la puerta de mi vecina de enfrente, deja la caja en el suelo y se va. Mientras la joven llegaba a la puerta yo me fui moviendo con sigilo, cruzando la calle, al amparo de las sombras. Llego a la casa. Agachada llego hasta la puerta de la casa y me coloco en un lateral de la puerta, esperando que mi vecina la abra. Le di una pequeña patada a la caja, era pesada, esperaba que allí dentro hubiera lo que tanto deseábamos todos. Saqué el cuchillo que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Mi vecina abrió y me abalancé sobre ella, se lo clavé en la garganta cuando un grito de terror empezaba a salir de su garganta. Silbé tres veces y unas sombras se fueron acercando a mi encuentro. Dos de ellas metieron el cuerpo sin vida en una furgoneta aparcada muy cerca de donde estábamos. Miré lo que contenía la caja, lo que me imaginaba, era comida. Sonreí. Teníamos aquel cuerpo y el contenido de la caja, no nos moriríamos de hambre, de momento.

La policía me ha traído hasta este sitio, no me puedo mover, llevo puesta una camisa de fuerza, como esas que le ponen a la gente que está loca. No sé porque me la pusieron, no estoy loca. Dicen que es por mi bien, que estoy nerviosa. Les dije que había matado a mi vecina para no morirme de hambre, que ellos también tenían que hacerlo. Creen que sufro delirios y que me lo estoy inventando todo. No hay comida, el mundo ha llegado a su fin, es la ley de la supervivencia. ¿Acaso no ven las noticias? ¿Quién es el loco aquí?


domingo, 19 de julio de 2026

EN UN FUTURO PRÓXIMO

 Mucho se ha hablado en las últimas décadas acerca de que el ser humano y su futuro están ligados a la exploración del espacio y a la búsqueda de nuevos territorios que, dentro de un tiempo, puedan servir de hogar para las personas. Esto, sin embargo, implicaría ciertos cambios en el cuerpo, preparado para vivir en la Tierra, pero que lejos del planeta se vería obligado a evolucionar. 

José Manuel Nieves, periodista científico habló sobre la posibilidad de que algún día el ser humano pueda ser extraterrestre. Para ello, eso sí, deberían pasar decenios e incluso milenios.

“En la Luna va a haber gente viviendo en un par de décadas”, expresó de manera contundente el experto, que si bien admitió que el cuerpo humano está “diseñado para vivir en la Tierra”, ciertos detalles pueden hacer que esto cambie: la gravedad, la radiación cósmica y los ritmos circadianos.

Según su punto de vista, si el ser humano viviera en la Luna, los músculos ya no se verían obligados a realizar las funciones actuales y los huesos no deberían soportar el mismo peso. “Entonces, ¿qué ocurre? Que la naturaleza, que es muy sabia, va a ordenar y los huesos se descalcifican muy rápidamente, los músculos pierden volumen, pierden masa”. 

“Si vas a vivir varias generaciones fuera de la Tierra, es probable que adquiramos una protección natural, una especie de pigmentación distinta para defendernos de esa radiación. El hombre eso ya lo ha hecho, cuando salimos de África éramos todos negros y acabamos con la piel clara”, añadió.

Nieves resumió que el ser humano, en ese supuesto, tendría menos masa muscular, sería más pequeño, tendría la cabeza más grande y sus huesos serían más débiles. En resumen, su aspecto sería más semejante al que de manera tradicional se ha atribuido a los extraterrestres en muchas películas de ciencia ficción.



lunes, 13 de julio de 2026

PSICOFONÍAS

 Friedrich Jürgenson y la primera psicofonía


Junio de 1959. Friedrich Jürgenson, que era un famoso pintor y cineasta nacido en Estonia, se adentra en un pequeño bosque por tierras de Estocolmo, con el fin de obtener algunas grabaciones del trino del Pinzón Nocturno, ave que iba a ser protagonista de uno de los documentales que estaba realizando. En el silencio de la noche, escucha y registra con perfección los “gorjeos” que producían las aves nocturnas y más en concreto la que perseguía. Satisfecho, se retira a su cercana casa de campo con la esperanza de haber obtenido buenas grabaciones. Cuál fue su sorpresa, cuando al rebobinar la cinta de su pequeño magnetófono portátil, escuchó con perfección que además del canto de los pájaros, se habían grabado unas conversaciones lejanas que hacían alusión al canto de las aves. Le pareció tremendamente extraño, puesto que aquel magnetófono lo acababa de adquirir y era difícil que tuviera algún fallo. También examinó la zona antes de grabar y no había nadie cercano. Y tampoco era posible que se hubiera grabado nada, puesto que él no lo había escuchado. Un tanto disgustado, al día siguiente volvió a salir al bosque para repetir la operación e intentar conseguir su propósito. Tras haber examinado bien la zona y haberse asegurado de que nadie iba a entorpecer la grabación comenzó a grabar. Cuando regresó a su casa y examinó la cinta, pudo encontrar que además de los cantos de las aves, se había grabado numerosas voces de personas fallecidas que pudo posteriormente identificar, entre las cuales estaba la de su difunta madre que le llamaba con una cariñoso apodo: Jurgi, Jurgi, mi pequeño Jurgi… Jürgenson, repitió el experimento y tantas veces como experimentaba, obtenía grabaciones de las voces de los difuntos. Esto causó que Jürgenson enfermara durante varios meses, pero pronto se repuso y comenzó a experimentar. Esta experimentación duró hasta el fin de sus días. Se dice que este extraño caso fue el pionero en descubrir esta nueva forma de transcomunicación instrumental.


Voces conocidas pero inexplicables


Como si vinieran de otra dimensión que quisieran mandar un mensaje. 

En España, se destaca a Germán de Argumosa como introductor de la psicofonía experimental. Y poco después, apareció un investigador que realizaba sus investigaciones en su laboratorio privado, y este fue el Dr. Sinesio Darnell. catalogado como uno de los mejores investigadores en Transcomunicación del mundo. Cabe destacar también la labor de Pedro Amorós, catorce años dedicado al mundo de las psicofonías.

Cada uno puede tener su propia teoría sobre el fenómeno de las psicofonías, ¿proceden del más allá?, ¿existe un mundo paralelo a este de donde vienen esas voces? Sea lo que fuere, en algunos casos se produce una respuesta a preguntas, aunque los más escépticos piensan que sólo son energías que se quedan inherentes en ciertos lugares en los que ha ocurrido cualquier acción violenta o trágica. Voces con cierta inteligencia o no y que por alguna extraña razón no son audibles al oído humano y sí son capaces de impregnarse en todos estos aparatos que recogen el sonido. Sea cual sea el origen, el tema de las psicofonías resulta fascinante y con los medios de que disponemos hoy en día, no existe ninguna explicación para estos fenómenos.


miércoles, 8 de julio de 2026

LOS DOS HERMANOS

 En un gran taller de madera cubierto de libros, mapas y tinteros, en Alemania, vivían dos hermanos, Jacob y Wilhelm, conocidos por todos como Los Hermanos Grimm.

Ellos no sólo escribían cuentos, tenían una pluma mágica que permitían a sus personajes, cruzar del papel al mundo real.

Una tarde de otoño, decidieron organizar una gran fiesta en honor a todos los personajes de sus cuentos.

Wilhelm, el hermano mayor, tomó la pluma y escribió en letras doradas: “Están todos invitados al Gran Claro del Bosque”


La llegada de los invitados.


El primero en aparecer a paso lento pero seguro fue Hansel, quien venía dejando caer piedras blancas para no perderse, mientras Gretel caminaba a su lado devorando un trozo de chocolate de la casa de la bruja malvada.
Pronto, el cielo se iluminó con un destello plateado. Era el carruaje de Cenicienta, quien llegó luciendo sus preciosos zapatos de cristal.

Del bosque salieron saltando Blancanieves y los siete enanitos, quienes cantaban alegremente mientras cargaban una enorme cesta de manzanas (esta vez, completamente inofensivas).


Desde lo alto de una torre cercana, que nadie había visto antes, una larguísima trenza dorada cayó hacia el suelo. Rapunzel se deslizó por ella con una sonrisa, saludando a la Bella Durmiente que llegaba un poco adormilada, pero muy contenta.


Un pequeño problema en la mesa.


La fiesta se instaló bajo un roble gigante. Había mesas llenas de pasteles y jarras de todo tipo de zumos.

El Lobo Feroz llegó relamiéndose los bigotes, lo que asustó a Caperucita Roja. Pero Jacob Grimm levantó el dedo y le dijo con firmeza: “Señor Lobo, hoy es un día de paz. Si se porta bien hay pastel de carne para usted”

El lobo avergonzado, se puso una servilleta en el cuello y se sentó en una esquina a comer con buenos modales.

Los Músicos de Bremen (el burro, el perro, el gato y el gallo) se subieron unos encima de otros hasta formar una torre y empezaron a tocar una alegre melodía.  

El problema era que cantaban tan fuerte que el Sastrecillo Valiente casi se cae de un susto mientras intentaba contarle a un gigante cómo había vencido a “siete de un golpe” (que en realidad habían sido moscas).

Mientras tanto, Rumpelstiltskin corría alrededor de una fogata saltando sobre un solo pie, intentando adivinar los nombres de todos los presentes y el Príncipe Rana daba saltos en el agua salpicando así a las princesas que se reían a carcajadas.


El gran brindis de los Grimm.


Cuando la luna brilló en lo alto, Wilhelm Grimm se puso de pie y golpeó suavemente su copa con una cuchara para llamar la atención de todos.

El bosque quedó en un absoluto y mágico silencio.

“Queridos amigos” dijo Wilhelm con los ojos brillantes de emoción. “Nosotros los creamos con tinta y papel, pero son ustedes quienes llenan de magia los corazones de todos los niños del mundo. Gracias por enseñarnos  el valor, la bondad y la esperanza”

Jacob también levantó su copa y añadió:

“Y recuerden, no importa cuán oscuro parezca el bosque o cuán larga sea la noche, al final, el bien siempre triunfa”

Todos los personajes -desde el más pequeño enanito hasta el lobo reformado- aplaudieron y vitorearon a los dos hermanos. Se tomaron de las manos y bailaron bajo las estrellas hasta que comenzó a amanecer.

Cuando los primeros rayos del sol tocaron el claro del bosque, los personajes comenzaron a desvanecerse lentamente, regresando a las páginas de sus respectivos libros con una gran sonrisa en el rostro, sabiendo que mientras un niño abriera uno de ellos, todos serían felices para siempre.



jueves, 18 de junio de 2026

UNA EXTRAÑA LLAMADA

 UNA EXTRAÑA LLAMADA

Una tarde lluviosa mi hermano y yo, quedamos en reunirnos con unos amigos. Habían encontrado algo sorprendente y teníamos que vernos lo antes posible.

Éramos los descendientes de los que habían sobrevivido a la gran guerra. El mundo quedó desolado. Todo lo que habían conocido hasta entonces, desapareció.

Vivíamos en una colonia formada por unas quinientas personas. Mujeres, hombres y niños que tratábamos de sobrevivir día tras día. La vida no era nada fácil. Aprendimos a cultivar la tierra. Construimos un sistema de regadío aprovechando un río que discurría muy cerca. Reconstruimos casas, hicimos una escuela y un hospital. Adquirimos conocimientos gracias a libros que hemos ido encontrando y recopilando durante años. Logramos volver a tener electricidad y teléfono.

Aquella guerra nos llevó al desastre mundial. Todo había comenzado con un virus letal. Las grandes potencias lejos de ayudarse los unos a los otros, luchaban entre ellos por ser los primeros en obtener la cura y lucrarse con ello. Las fronteras se cerraron. Mataban a todo el que quisieran huir, estuviera enfermos o no. Por si todo ello no era por sí solo escalofriante, la naturaleza también se alió en la ardua tarea de exterminar gran parte de la vida en nuestro planeta. El cambio climático renombrado hasta la saciedad, comenzó a dar sus primeros coletazos. Huracanes, terremotos y una terrible sequía que duró años, aceleraron el caos mundial. Los alimentos de primera necesidad empezaron a escasear. Llegaron los robos, las matanzas en las calles. La gente moría de hambre o en manos de algún vecino, amigo o familiar por un trozo de pan. Comían ratas, gatos, perros, cualquier animal que se cruzara en su camino, hasta que comenzaron a escasear. Llegó el canibalismo. El mundo se dividió en dos partes: por un lado, estaba los cazadores y por otro, las presas.

Pero aquel virus, después de tantos años, todavía pululaba entre nosotros. Las vacunas no habían funcionado y no teníamos unas nuevas y al ritmo de los acontecimientos dudo mucho que vamos a encontrar una que sea efectiva, en un futuro próximo.

De vez en cuando salían partidas de gente que tenían que viajar cada vez más lejos. Llegaban con descubrimientos nuevos y gracias a ellos intentábamos avanzar, paso a paso. Pero todavía nos quedaba mucho por hacer, mucho camino por recorrer. Necesitábamos recursos y sobre todo no perder la esperanza en un futuro mejor. Estábamos a las puertas de la extinción total del ser humano.

Cuando llegamos al lugar de encuentro, las ruinas de una casa, que algún día fue un lugar de culto, entramos y nos dirigimos hacia el fondo, allí había una trampilla en el suelo cubierta por una ajada alfombra de color rojo que había visto tiempos mejores. La habíamos descubierto tiempo atrás, de casualidad, mientras pasábamos el rato tirando piedras a los pocos cristales que todavía quedaban. No nos juzguen, somos apenas unos adolescentes, sin mucho donde divertirnos. Allí abajo no había electricidad. Habían encendido unas velas que arrojaban una luz mortecina sobre aquel descubrimiento. Había un libro, un álbum de fotos tomadas con una cámara fotográfica. Nosotros teníamos algunas en la colonia, aunque no funcionaban. Mostraban ciudades, monumentos, fuentes, niños jugando, mayores preparando la comida, siempre salía la misma gente, seguramente se trataba de una familia de vacaciones. Estábamos hipnotizados ante aquella visión. Qué bonito se veía todo. Ninguno de los que estábamos allí había vivido nunca algo similar a lo que mostraban aquellas fotografías. Nos quedamos en silencio, enmudecidos, mientras nuestra imaginación volaba a través del tiempo. Entonces se me ocurrió algo, una idea, surgida de la nada, como una ráfaga de luz en medio de la oscuridad. Se lo hice saber a ellos. Era una locura, pero podía resultar.

Aquel lugar estaba lleno de cosas que habíamos ido recopilando a lo largo de los años. Nuestros mayores no tenían conocimiento de aquello, ni de aquel lugar. Era nuestro sitio secreto. Nuestro refugio donde dábamos rienda suelta a nuestros sueños y a nuestra imaginación. Una de ellas era un libro muy pesado, lleno de números de teléfono. Nosotros teníamos un teléfono en la colonia. Se utilizaba para comunicarnos con otras comunidades. No eran muchas, tal vez una docena a lo sumo. Pero gracias a ello podríamos saber cómo les iba y compartíamos nuestros conocimientos y nuestros descubrimientos para ayudarnos los unos a los otros. Habíamos aprendido una cosa tras la guerra, la unión hacia fuerza. Juntos y sólo juntos saldríamos adelante.

Arranqué una página de aquel libro que era de una ciudad que había existido allí, donde vivíamos nosotros y de la que ahora no quedaban nada salvo ruinas. La guardé en mi bolsillo. Regresamos a la colonia. Estábamos algo nerviosos por lo que íbamos a hacer. Pero al mismo tiempo dispuesto a dar aquel gran paso. No queríamos que nuestros mayores se enteraran, no sabíamos hasta qué punto estarían de acuerdo con todo aquello y ante la duda, decidimos no contar nada y hacerlo bajo nuestra cuenta y riesgo. Entramos en el despacho de René, nuestro líder. La puerta siempre estaba abierta para todo aquel que quisiera utilizar el teléfono.

Teníamos que dar el mensaje. Y esperábamos que nos hicieran caso. Sabíamos cómo hacerlo, había que aprovechar el equinoccio que se produciría aquel día y que era una puerta para viajar en el tiempo. Eso lo aprendimos en un viejo libro que habían encontrado en una vieja casa y que habíamos leído con verdadera avidez de principio a fin. A todos nos fascinaban los temas sobre magia, ritos, leyendas….

Llamamos al primer número de aquella hoja, ansiosos por ver la reacción de la persona al otro lado de la línea. Nos contestaron al segundo tono. Una voz somnolienta nos respondió. Yo era la que había marcado y a la que le tocaba hablar. Me presenté y le dije que tenía un mensaje que darle. Le empecé a contar lo que iba a pasar y la línea se cortó. Me había colgado. Vi las caras de mi hermano y sus amigos, pero yo en vez de desesperarme marqué otro número. Esta vez no me colgaron. Un silencio bastante incómodo, se produjo al otro lado del teléfono cuando terminé de hablar. Al final cuando aquella persona me respondió lo hizo para pedirme pruebas de todo aquello. Teníamos unas cuantas listas para enseñárselas.

 

Aquel hombre que recibió aquella extraña llamada se quedó de piedra ante lo que le habían contado. Su primera reacción fue la de colgar el teléfono. Pero no sabía por qué no lo había hecho. Aquello sonaba del todo inverosímil como una película de ciencia ficción, alejada completamente de la realidad de la vida. La persona que hablaba no era más que una chiquilla, pero su tono mostraba desesperación por ser creía, desesperación por lo que estaban viviendo. Una desesperación que le helaba la sangre y hacía que su cuerpo se estremeciera ante la idea de que todo aquello pudiera ser real, pudiera suceder… Tenía pruebas, muchas, le había dicho y se las iba a dejar a las diez de la mañana en un parque cerca de su casa. No perdía nada por ir hasta allí y ver por sus propios ojos si era verdad o no.

A la hora señalada, nervioso, se encaminó al punto de encuentro señalado. Lo que encontró fue un gran sobre, pero ni rastro de la persona que lo había dejado. Se sentó en un banco, lo abrió y empezó a sacar las hojas que había dentro. Quedó estupefacto ante lo que estaba viendo y se incrementó a medida que iba leyendo una tras otra, incluidas algunos recortes de periódicos muy antiguos donde mostraban fotografías escalofriantes, aterradoras. Aquello, si era verdad, era de una gravedad a nivel mundial, terrible. La visión de aquellas fotografías le produjeron una terrible angustia y un mal presentimiento. Los últimos acontecimientos ocurridos a nivel mundial indicaban que estaban siguiendo a pies puntillas aquello que estaba viendo con sus propios ojos en aquellas fotos. Aquel virus había llegado ya. Miles de personas habían fallecido a lo largo del mundo.

Sabía a quién recurrir, tenía muchos medios a su alcance, por algo era el primer ministro de la Nación. Había que tomar medidas urgentemente. Lo primero comunicárselo al presidente.

Esa noche los chavales no pudieron conciliar el sueño. Estaban muy nerviosos. Había muchas preguntas sin respuesta flotando en el aire. La chica, que compartía habitación con su hermano, tenía una muy importante que le rondaba por la cabeza como un mosquito molesto. Suponiendo que aquel hombre recibiera el sobre, que lo más seguro era que sí, y no hacía nada, no podrían volver a contactar hasta dentro de seis meses, que se produciría el siguiente equinoccio, el del otoño. No era mucha la espera, teniendo en cuenta, el tiempo que habían esperado hasta ahora. Pero la adrenalina, todavía corría por sus venas y la ansiedad la embargaba. Y otra pregunta, la que más temía. Si la gente del pasado tomaba medidas para que aquella guerra no se produjera, ¿qué sería de ellos? Tal vez, lo más seguro, es que no llegarían a nacer. Estuvo un buen rato acostada en su cama, mirando hacia el techo, como esperando que le hablara y le diera las respuestas a sus inquietudes. Pero no pasó nada y al cabo de un rato, a causa del cansancio, el sueño al final llegó.

 

Aquel hombre hizo varias llamadas. Ponía énfasis, en cada una de ellas, en que el motivo era de máxima urgencia. Después de mucho insistir al fin el presidente lo recibiría en una hora. Mientras tanto, ya en su casa, esperando que lo vinieran a recoger, empezó a buscar información en su portátil. Imprimió algunas hojas y las estaba guardando en una carpeta cuando sonó el timbre de su casa. Era la hora de la verdad.

 

Los siguientes días fueron un tormento para aquellos jóvenes, hablaban sin parar del tema. Esperando que sucediera algo que les dijera que aquella llamada había surtido efecto. Pero nada sucedía. No habían hablado con los adultos sobre lo que habían hecho, aunque alguna que otra vez estuvieron tentados. No sabían cómo irían a reaccionar y ya estaban bastante angustiados como para por encima recibir una buena reprimenda seguida, seguramente, de un buen castigo. Tenían miedo. Cuando su amiga les dijo que tal vez, si el hombre les hacía caso, ellos no existirían nunca, no les gustó, ni una pizca, todo hay que decirlo. Pero al cabo de un rato, después de pensarlo detenidamente, pensaron que merecería la pena no existir, si el mundo nunca se destruyera, algo que, si los adultos lo escucharan estarían orgullosos de tal madurez por parte de aquellos cuatro chiquillos preadolescentes. La cabeza les siguió dando vueltas y más vueltas, y llegaron a la conclusión de que tal vez, sí existirían, pero en un lugar, igual de bonito como el que habían visto en las fotos y en un planeta que no estuviera muerto como lo estaba ahora. Y la verdad sea dicha, ante esa imagen, merecía la pena arriesgarse.

 

El presidente había convocado a un grupo de gente en un lugar privado y secreto. Los invitados iban llegando en grandes coches negros con las lunas tintadas y los ojos vendados. Conocía al primer ministro desde la infancia y sabía que no era un hombre que se dejara influir fácilmente. Su fama de implacable le precedía. Entonces lo que le iba a decir tendría que ser de una gran magnitud. Eso le causaba un verdadero pavor.

El primer ministro fue el último en llegar y cuando lo hizo se encontró en una gran sala donde había una gran mesa de cristal que por sus dimensiones ocupaba casi toda la habitación. Una veintena de personas estaban sentadas ante ella, esperando expectantes lo que tenía que decirles con la máxima urgencia.

Así que no los hizo esperar más. Abrió el sobre y empezó a mostrarle lo que había en el interior. Recortes de periódicos, amarillentos por el paso del tiempo, fotografías y dibujos realizados a lápiz. En los recortes se hablaba de la falta de efectividad de la vacuna contra el virus que los azotaba. Y como nadie hacia nada al respeto, todos se pelean diciendo que la suya era mejor y la gente mientras tanto iba muriendo a lo largo del mundo. Fotografías de cadáveres hacinados en las calles sin que nadie los recogiera. Gente desvalijando tiendas y agrediendo a otros. Cadáveres con un tiro en la frente. Animales encerrados en jaulas para ser sacrificados y servir de alimento. Incluso restos de cadáveres humanos mutilados listos para ser devorados.

Un gran titular en donde ponía que la Gran Guerra, era inevitable y que los países se estaban preparando para entrar en combate. Los dibujos mostraban ciudades asoladas, escombros, cenizas por todas partes. Había una nota donde decía que no disponían de cámaras para plasmar aquella desolación, pero que un chaval al que se le daba muy bien el dibujo plasmaba en una hoja lo que veía.

Contaban en la nota que eran pocos los supervivientes. El mundo había sido destruido casi en su totalidad. Vivian en colonias. Tuvieron que empezar desde cero. Ahora disponían de agua potable y electricidad, y el día a día era una lucha total por la supervivencia ya que el virus seguía entre ellos.

Hubo un silencio total en aquella sala. Todos sabían que el mundo estaba a punto de quebrarse. Y que aquello iba a pasar. Ya habían empezado las revueltas a lo largo del mundo, e incluso corrían rumores de que la mayoría de países, estaban preparando sus ejércitos y sus armas para entrar en guerra. Aquello entonces era verídico. Había pasado. Y querían alertarnos de las consecuencias. Sólo tenían que pararlo.

Los siguientes días fueron de locos. Llamadas, reuniones, científicos del todo el mundo se unieron para dar con la vacuna definitiva, sin pensar en los beneficios, sólo en evitar una catástrofe mundial. La humanidad se podía salvar si todos ponían algo de su parte.

Una mañana, los dos hermanos se despertaron, pero no lo hicieron en el lugar habitual que era una sala dormitorio, donde una veintena de chavales dormían. No. Estaban en una habitación, los dos solos. Les llegó el olor a tortitas y café recién hecho. Se miraron entre ellos sin comprender lo que pasaba. Bajaron. En la cocina estaban sus padres. Se les veía felices. Tenían el televisor puesto. Habían logrado la vacuna definitiva que acabaría con aquel virus. El mundo se había salvado. Ellos no pudieron evitar llorar de alegría mientras se abrazaban. Había funcionado. Entonces….

El ruido de unos aviones surcando el cielo los hizo enmudecer. Escucharon un ruido ensordecedor. El suelo se movió. Luego la nada más absoluta los envolvió en un sueño eterno.


sábado, 13 de junio de 2026

 La Ciudad de los Muertos se extiende bajo las colinas de Mokattam, al sureste de la ciudad. Se trata de una vasta red de tumbas que abarca 4 millas (6,4 km) de norte a sur que se ve como una colosal colmena de adobe, donde el silencio, al contrario de lo que podría esperarse de un cementerio, no es nada sepulcral. Y es que en este cementerio, los vivos viven entre mausoleos y tumbas, compartiendo el espacio con los muertos. Algunos eligen residir aquí para estar cerca de sus antepasados; otros, porque no tienen otro lugar al que ir. 

Esta necrópolis, con más de 14 siglos de historia, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979, al ser integrada en el epígrafe “El Cairo histórico”. En su interior, se encuentran monumentos de gran relevancia, como el Mausoleo del Imam al-Shafi'i, una obra arquitectónica distintiva de estilo ayubí dedicada al fundador de la escuela de jurisprudencia islámica sunita Shafi'i. Los edificios que despuntan por el horizonte albergan los restos de sultanes, príncipes y princesas de las dinastías fatimí y mameluca, así como de la extinta monarquía egipcia.

Proyectos de restauración actuales financiados por la Unión Europea buscan preservar algunos de estos tesoros arquitectónicos (como el complejo palaciego del sultán Al Ashraf Qaytbay, una joya mameluca del siglo XV), amenazados por el caos fagocitador de la moderna ciudad. De hecho, la gran mayoría de habitantes -se calcula que hoy en día la Ciudad de los Muertos alberga a aproximadamente un millón y medio de vivos- se desplazaron hasta aquí tras ser obligados a abandonar el centro de El Cairo debido a demoliciones y presiones urbanísticas en la década de 1950. Es su hogar y su hogar es parte del pasado de su país.

martes, 9 de junio de 2026

PRIMER ASESINO EN SERIE EN ESPAÑA. ROMASANTA, EL HOMBRE LOBO

 Romasanta nació en 1809, aparentemente como un niño rubio al que llamarían Manuel, a pesar de que en su partida de nacimiento figura el nombre de Manuela. Sus padres creyeron que era una niña hasta que cumplió los ocho años. Recientes estudios llevados a cabo por el forense Fernando Serrulla, del Instituto de Medicina Legal de Galicia, indican que en realidad nos encontramos ante un caso claro de hermafroditismo. Es decir, Manuel tenía sexo femenino, pero segregaba una gran cantidad de hormonas masculinas y sufría fuertes episodios de agresividad.

La historia cuenta que Romasanta no alcanzó el metro cuarenta de estatura, y que, cosa excepcional para la época, se le podía considerar instruido ya que sabía leer y escribir. 

Se casó a los veintidós años y ejerció como sastre, pero poco después su mujer falleció cambió su oficio por el de "buhonero", lo que le permitió recorrer el noroeste de la península ibérica. 

Su primer encontronazo con la ley llegaría en 1844, cuando fue acusado de asesinar a Vicente Fernández, un alguacil de León que lo iba a embargar por una deuda de 600 reales. Condenado a diez años de prisión, Romasanta se dio a la fuga y fue declarado en rebeldía. A pesar de emitirse una orden de búsqueda y captura, logró esconderse y vivir durante meses criando ganado cerca de la frontera con Portugal. 

Tras reaparecer en el pueblo de Allariz, Romasanta se empezó a integrar en el pueblo y rápidamente fue aceptado. 

Manuela García Blanco, junto a su hija, quería buscar un futuro mejor fuera de Galicia y encontrar una buena casa en la que poder servir. Para ello quería ir a Santander y Romasanta, al que todos consideraban un buen conocedor de los caminos, se ofreció a guiarlas hasta allí, donde les prometió que conseguirían un buen trabajo en la casa de un cura amigo suyo. Tras varias semanas, Romasanta reapareció contando la fabulosa historia de la casa que había encontrado para Manuela y su hija mostrando una carta falsa (que supuestamente él mismo había redactado) y que entregó a los familiares de sus víctimas para no levantar sospechas. 

Después de Manuela, sería Benita García quien partiría en compañía de Romasanta en dirección a Santander, donde éste prometió a la mujer que también encontraría empleo en casa de un cura. 

Más tarde lo harían Josefa García y Antonia Rua; algunas de ellas viajaban con sus hijos de corta edad, pero ni ellas ni los niños volverían a ser vistos jamás. 

Pasaron las semanas, los meses y los años, y la inquietud del pueblo dejó paso al temor y a la sospecha entre los familiares de las desaparecidas. Se rumoreaba que algo terrible podía haberles ocurrido a las mujeres y los niños que viajaban con el "tendero", como se conocía a Romasanta en el pueblo. Los rumores de que este hombre vendía grasa y jabón en Portugal y que éste podía ser de origen humano, llevó a los aldeanos a la terrible conclusión de que el "tendero" podría ser el temido "sacamantecas", un asesino en serie del siglo XIX famoso por asesinar a seis mujeres y extraerles la grasa del cuerpo para hacer pociones y ungüentos. Su fama fue tal que llegó a convertirse en un personaje del folclore popular que es invocado cuando se quiere asustar a los niños. Estas sospechas, junto al hallazgo de varias de las pertenencias de las víctimas que el propio Romasanta había vendido durante sus "viajes", lo obligaron a huir. 

Durante su huida, en cada localidad que visitaba Romasanta dejaba un reguero de desapariciones y muertes. 

Finalmente, el 2 de julio de 1852, Romasanta fue detenido en la provincia de Toledo y trasladado hasta Allariz para ser juzgado. Una vez preso, el hombre reconoció haber matado "sólo" a nueve de las diecisiete víctimas que se le atribuían. Durante la vista, el "licántropo" dijo al tribunal que estaba maldito y contó una increíble historia acerca de su maldición: "La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo. Estuve cinco días merodeando con los otros dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo. El que usted ve ahora, señor juez". 

En la Causa número 1178: Causa contra hombre lobo de los juzgados de Allariz, fechada en 1852 y que consta de dos mil páginas manuscritas, Manuel Blanco Romasanta contó esta asombrosa historia: "Los otros dos lobos venían conmigo, que yo creía que también eran lobos, cambiaron a forma humana. Eran dos valencianos. Uno se llamaba Antonio y el otro don Genaro. Y también sufrían una maldición como la mía. Durante mucho tiempo salí como lobo con Antonio y don Genaro. Atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre". 

Para demostrar ante la audiencia la veracidad de sus afirmaciones, el fiscal le pidió que se transformara en la sala judicial, pero Romasanta le respondió que la maldición duraba tan sólo unos años, que éstos ya se habían cumplido y que nunca más podría volver a hacerlo. 

El juicio, que duró aproximadamente un año, finalizó el 6 de abril de 1853 cuando el juez de Allariz dictó sentencia. Ésta condenaba al "licántropo" a la pena capital, que se aplicaría por garrote vil, y a una indemnización de mil reales por cada víctima. 

Pero el abogado defensor de Romasanta tenía guardado un as en la manga. Tras asesorarse con un supuesto hipnólogo francés llamado profesor Philips, el abogado alegó que no había pruebas suficientes para condenar a su cliente y que con una simple confesión no se podía asegurar que éste fuera el verdadero autor de los crímenes. 

Después del alegato, el abogado defensor solicitó piedad a la mismísima reina de España, Isabel II, llevando el caso para su revisión al Tribunal Supremo de Justicia. Por su parte, el misterioso médico francés quiso convencer a la soberana de la necesidad de mantener con vida al supuesto hombre lobo para poder estudiarlo y comprender el origen de su "maldición" ya que Philips creía que Romasanta era víctima de la rara enfermedad de la "licantropía", un trastorno psiquiátrico por el que una persona cree que puede transformarse en un animal y que no le hace responsable de sus actos. 

Para sorpresa de Romasanta y de su propio abogado defensor, la reina Isabel II conmutó la pena de muerte del acusado por la de cadena perpetua. 

La leyenda que se creó alrededor de Romasanta lo perseguiría hasta su muerte. Algunos apuntan que murió en la prisión de Allariz a manos de sus compañeros de celda; otros, que se escapó y huyó a los bosques que tanto conocía, e incluso hay expertos que señalan que murió en 1863 de un cáncer de estómago en una prisión de Ceuta. Sea como fuere, incluso a día de hoy, según parece, en los montes de Ourense, cuando surge la luna llena, aún se escucha el aullido del licántropo de Allariz. O al menos, eso cuenta la leyenda.

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