miércoles, 20 de mayo de 2026

EL GRAN HERMANO TE ESPÍA

 —¡Joe, me voy! –gritó una mujer en el piso de abajo –te dejo comida en la nevera.

—¡Vale, mamá! –le respondió su hijo- ¡conduce despacio y dale recuerdos a los abuelos!

La puerta de la calle se cerró y Joe dejó escapar el aire que había retenido en sus pulmones hasta que escuchó el ruido de la puerta al cerrarse.

Todo un fin de semana solo. ¡Al fin libre!, pensó.

Había colocado diminutas cámaras en todo el pueblo. Una tarea ardua y difícil que le había llevado completar con éxito más de seis meses. Muchas noches durmiendo poco. Pero al fin lo había conseguido. Y podía ver desde la seguridad que le ofrecía su casa, cómodamente sentado delante de la pantalla de su ordenador el ir y venir de sus vecinos. 

Hacía días que se había fijado en un muchacho. Lo conocía del instituto. Era un chico solitario, sin amigos. Sabía que su padre alcohólico le pegaba. Su madre se había ido de casa hacía unos meses. Bueno… Esa era la versión oficial que distaba mucho de ser la real.  No sería difícil convencerlo de que fuera hasta su casa. Sabía que le flipaban los cómics de superhéroes y él tenía unos cuantos que había adquirido en una tienda de segunda mano y que sabía que le gustarían. 

Las cámaras las había puesto más por los turistas que por sus vecinos. Pero no podía desperdiciar una ocasión como aquella. Los turistas todavía no habían llegado y él tenía que cumplir unos plazos. 

Hizo una llamada rápida, cogió su cazadora vaquera y salió a la calle. 

Quince minutos después volvía a estar en su habitación esta vez acompañado de Tomas. Estaba entusiasmado con los cómics y no paraba de darle las gracias cuando Joe le dijo que eran suyos. 

Había dejado la pantalla del ordenador encendida, donde se podían ver las calles de la ciudad, pero Tomas pareció no darse cuenta de ello, o por lo menos no hizo ningún comentario al respecto.

El timbre de la puerta sonó. Joe bajó. Pero no abrió la puerta de la calle. Sabía que allí no encontraría a nadie. Fue hasta la puerta de atrás, la que daba al jardín y al huerto del que tan orgullosa estaba su madre.

Dos hombres de unos cuarenta años entraron tras él. 

Subieron hasta su habitación. Tomas seguía mirando con verdadero fervor aquellos comics.

Uno de los hombres se sentó en el borde de la cama junto a él fingiendo interés por lo que estaba leyendo el chaval. Tenía algo entre las manos que colocó bajo la nariz de Tomas.

Este perdió el conocimiento casi de inmediato. 

—Buen trabajo muchacho, se ve sano –le dijo el hombre mientras le tendía un sobre- creo que podremos aprovechar todo de él.

Joe lo abrió y sonrió al ver el fajo de billetes que había dentro.

—Mañana tendré más –le dijo el joven- los turistas llegarán por la mañana.

Se volvió a sentar frente al ordenador sonriendo mientras decía:

—El gran hermano te espía.




miércoles, 29 de abril de 2026

NO ME TOQUES

 "Coleccionista de desgracias" rezará la placa colocada sobre mi lápida, porque eso es lo que soy yo. Mi última morada será en mi querida Iguña, corazón de Cantabria.

Mi vida hasta terminar la universidad, transcurrió de manera apacible, donde predominaban los buenos momentos sobre los malos. Me regalaron una moto el día de mi graduación, un sueño hecho realidad, gracias a la generosidad de mi padre.  

Aquel verano lo recuerdo como el mejor de mi vida. Emprendí en solitario una aventura sobre dos ruedas, recorriendo gran parte del país. Me sentía poderoso, invencible, un dios, inmortal, hasta que un coche me devolvió a la realidad de mi mortalidad. 

Crucé la fina línea que separa la vida de la muerte. No vi una luz al final del túnel. No. Vi el resplandor de una hoguera y sombras danzando a su alrededor. Sombras tenebrosas, malvadas. 

Una de ellas notó mi presencia y me agarró con fuerza del brazo arrastrándome con él. Grité, grité con todas mis fuerzas y me resistí con todas mis fuerzas. Me envolvió en su negrura y comencé a gritar. Fue entonces cuando salí del coma. Gritando, sudando, presa del pánico y con el corazón a punto de estallar en mi pecho.

 No regresé solo, traje a aquel ente, a aquel demonio conmigo. A partir de aquel momento toda persona que me toca acaba sufriendo algún mal que suele acabar en muerte. Una mala caída, un accidente, una enfermedad… Le enfermera que vino a verme sufrió un ataque al corazón allí mismo intentando cambiarme la vía. El médico murió en un accidente al salir de trabajar y así cada persona que me había tocado en ese hospital me tocaba acababa muerto en las siguientes horas.

Así que opté por vivir alejado del mundo, sin contacto humano alguno.  A veces, cuando la sombra me deja  escribir, lo hago sobre la oscuridad que habita en mí y en el mundo porque no estamos a salvo. Esos demonios viven entre nosotros y ansían nuestras almas. 

Otras veces cuando el demonio que habita en mí está ocupado hago algún que otro sudoku.


miércoles, 15 de abril de 2026

ODIO CUANDO...

 Gran parte de nuestra vida nos la pasamos diciendo o pensando, odio cuando, mis padres me dicen lo que tengo que hacer, odio cuando, el profesor me castiga o me suspende, a veces puede que injustamente y otras no, odio cuando mi jefe me exige más de lo que puedo o debo hacer, pidiéndome horas extras que luego no me va a pagar, odio cuando… y así una larga lista de cosas que odiamos, que, sin darnos cuenta, son el pan nuestro de cada día. No estamos conformes con nada. Bueno generalizando claro, habrá quien no se sienta reflejado ante estas reflexiones.

Bueno no sé quién va a leer esta carta, la policía tal vez, o los sanitarios, no lo sé. Cuando alguien lo haga yo ya estaré muerta y la verdad creo que me va a dar igual quien la lea, el caso es que lo hagan, por lo menos para ayudar a otras personas, que sé que las hay, que están en mi situación.

Me voy a matar, a quitar la vida, a suicidarme o como queráis llamarlo, porque ya estoy harta del odio cuando. Pero no del odio  que mencioné anteriormente, ojalá fuera ese, por dios que daría lo que fuera por que fuera ese, no, no lo es.

Odio cuando no tengo el control de mi cuerpo, ni de mi mente, ni de mis actos.

Odio cuando estoy relegada al fondo del abismo cuando otros “yo” toman el control.

Odio cuando exponen mi cuerpo a situaciones peligrosas, que no suelen salir bien y acaba mal parado.

Odio cuando la locura invade mi mente y pensamientos oscuros afloran en ella.

Odio cuando no soy yo y el resto del mundo no lo ve.

Tengo que convivir con cinco “yo” diferentes. Créanme es una tortura. Porque yo siento, veo y no puedo hacer nada.

Escribo esta carta en un momento de lucidez, soy yo, he logrado salir, porque los otros no están activos en este momento, están, en pausa, dormidos, tal vez sea la hora de la siesta para ellos (una broma para distender un poco el ambiente). No lo sé. Apagados o fuera de cobertura. Ahora mi verdadero yo tiene el control. Aunque sea por un breve espacio de tiempo. Y qué bien sienta, por dios. Por eso es ahora o nunca porque tal vez pase mucho tiempo, y muchas desgracias más, hasta que pueda volver a tener el pleno control de mis facultades físicas y mentales.

Pido perdón por lo que he hecho, aunque no pudiera evitarlo al no ser yo, lo he visto todo desde la oscuridad donde estoy inmersa, las atrocidades que han hecho, las mentiras que han dicho, los engaños y todo lo inimaginable que puede hacer un ser humano, lo han hecho ellos.

No quiero que nadie sufra más por todo ello. Entonces mientras no despierten me quitaré la vida, así no podrán hacer más daño. Saben aquel dicho “muerto el perro, muerta la rabia”, no sé si está bien que diga esto, pobre perro, pero no se me ocurría otro, lo siento.

Quiero que mi familia sepa que los quiero mucho, que siento todo el daño que les he causado, quiero que sepan que no era mi “yo”, ellos me conocen y saben que no mataría ni una mosca. Les perdono sus dudas, porque sé que las hubo. Y sobre todo espero de corazón que me perdonen y que me recuerden como la madre y esposa que adora a su familia y que intenté siempre hacer lo correcto.

Bueno, me despido ya, creo que la siesta ha llegado a su fin. No me queda mucho tiempo. Por favor, perdonadme, pero esto es lo mejor que puedo hacer por mí y por todos.

Siempre quise volar, como un pájaro, como un alma libre. Ahora lo haré, aunque sólo sea por unos segundos.

 


sábado, 21 de marzo de 2026

El asesino de la "mujer de rosa"

 Tras más de 20 años de incógnitas, los forenses e investigadores conseguían poner nombre a una mujer que figuraba en los archivos de la Interpol con el apelativo de 'La mujer de Rosa', respondía al nombre de Liudmila Zadava y era de origen ruso.

De esta mujer, cuyo cadáver apareció en la localidad catalana de Viladecans, en Barcelona, el 3 de julio de 2005, se sabe también que sufrió una muerte violenta. En el momento de su muerte contaba 31 años de edad. Su identificación fue posible gracias a la campaña promovida por la Interpol 'Identify Me', que ha contribuido a esclarecer la muerte de varias mujeres en distintos países europeos en extrañas circunstancias.
El cadáver de la mujer, según los análisis forenses practicados, se determinó que lo habían trasladado a la carretera en la que fue encontrado unas 12 horas antes del hallazgo. La mujer medía aproximadamente 1,60 metros de altura, tenía la piel clara, los ojos azules y el pelo castaño y ondulado. Toda su vestimenta (el pantalón, el top con estampado floral y las sandalias) era de color rosa, lo que propició que se la conociera con el apodo de "la mujer de rosa".
Lo peor de este caso es que su asesino o asesinos se han salido con la suya. Transcurridas las dos décadas que exige la legislación española, incluso podría proclamar públicamente haber perpetrado este crimen, que no le ocurriría absolutamente nada. Una vez más, la impunidad ha ganado la partida. Y eso siempre es una derrota para la sociedad.

domingo, 1 de marzo de 2026

BLANCA MENTIRA

 El teléfono sonó en casa de los García a primera hora de la tarde.

Elisa bajó corriendo las escaleras mientras gritaba:

-¡Ya lo cojo yo!

Ya nadie tenía un teléfono fijo en casa, pero su madre se había empeñado en no desconectarlo, no le importaba las modas, ni nada de eso. Aunque todos tenían un móvil, incluida ella, el fijo seguía en su sitio en el salón junto a la foto familiar de la familia.

Elena, la madre de Elisa, salió de la cocina limpiándose las manos con un paño de cocina, estaba fregando los platos de la comida. 

-Seguro que es del hospital -le dijo a su hija

-¿Diga?. Si soy su hermana. ¿Qué dice qué ha pasado?

Elisa estuvo unos minutos, que a la madre se le hicieron eternos, al teléfono sin articular palabra, solo escuchaba. Cuando al fin colgó, Elena, visiblemente preocupada, se dirigió a su hija.

-¿Le ha pasado algo a papá?

Elisa se sentó en el sofá, se cubrió las manos con las manos y comenzó a llorar.

Su madre nerviosa le preguntaba una y otra vez qué había pasado.

Cuando Elisa pudo por fin hablar, le dijo a su desconsolada madre que Eva había tenido un accidente cuando venía a casa y que la habían llevado al hospital, al mismo donde su padre estaba ingresado intentando recuperarse tras un infarto. 

Los pronósticos de los médicos en relación a la recuperación del padre no eran nada halagüeñas. Y el hombre sabiendo que sus días estaban contados llamó a su hija Eva para que fuera a verlo, sabiendo que no habría otra oportunidad de verse. 

Eva estaba estudiando fuera, en la universidad y tras la llamada cogió el coche y se dispuso a recorrer los trescientos kilómetros que la separaban de su padre.

Elisa y su madre cogieron sus cosas para ir al hospital. Eva estaba en cuidados intensivos y sólo les permitieron verla unos minutos, su estado era muy grave. Se había dado un fuerte golpe en la cabeza y tenía el cráneo roto por varios sitios. Estaba entubada. Le habían inducido un coma.

Desoladas fueron a la habitación del marido y padre. Estaba despierto. Les sonrió cuando las vio entrar. Estaba conectado a una máquina.

Les preguntó si sabían a qué hora llegaría Eva. Ellas le dijeron que estaba de camino. Una blanca mentira, para no preocuparlo.

A medida que pasaban las horas y su hija no llegaba, el hombre se ponía cada vez más nervioso. 

Les preguntó si le había pasado algo, si al final no podía venir o si había tenido un accidente. Madre e hija volvieron a negarlo todo. Pero él seguía sin creerlo.

Pero la tensión, la ansiedad le pasó factura y las máquinas comenzaron a pitar de una manera despiadada. Le estaba dando otro infarto y éste sería el definitivo, el que acabaría con su vida. Pero antes de morir dijo algo que sorprendió a los médicos y familiares.

-Eva, al fin has venido.

El hombre falleció pero su hija lo había hecho minutos antes.

El patriarca moría por culpa de la blanca mentira.


viernes, 6 de febrero de 2026

YA VIENE

 -¡Doctor, doctor! Tiene que venir. Es urgente.

-¿Qué pasa? ¿Qué son estos gritos?- preguntó el doctor García al celador que estaba en su despacho visiblemente alterado.

Carlos aspiró una bocanada de aire para tranquilizarse antes de volver a hablar.

-El paciente Mario Guevara ha hablado.

El doctor se levantó de su silla y se encaminó junto con el celador a la habitación del paciente. Este hombre no había abierto la boca desde hacía dos años, el tiempo que llevaba allí tras el veredicto del juez de enajenación mental tras haber matado a sus tres hijos y a su esposa ahogándolos en el pantano que hay frente a la casa donde vivían.

-¿Y qué dice? -le preguntó el doctor a Carlos.

-Repite una y otra vez “ya viene, ya viene”

Al llegar a la habitación del paciente lo encontraron en su cama en posición fetal, acunándose y diciendo lo que el celador le había dicho.

El médico se acercó a él intentando calmarlo.

-¿Quién viene? -le preguntó.

No obtuvo respuesta. 

El paciente seguía con aquella cantinela.

-Trae un sedante, este hombre está al borde de un colapso - le dijo el médico a Carlos.

Cuando el celador salió de la habitación el edificio comenzó a temblar.

Parecía que un terremoto sacudía la institución mental.

El doctor se levantó y se encaminó hacia la ventana al tiempo que se daba cuenta de que aquellas sacudidas no eran fruto de un temblor de tierra sino de las pisadas de alguien o algo de un gran tamaño. A cada zancada el edificio temblaba.

Se encaminó corriendo hacia la cama del paciente y le preguntó ¿qué pasaba?

Mario Guevara sólo le puso decir que ya era tarde él ya estaba aquí.

-¿Quién? -le preguntó el médico encolerizado mientras aquellos pasos sonaban cada vez más cerca -¡Dímelo ya!

Lo tenía agarrado por la pechera del pijama y lo zarandeaba de un lado a otro esperando una respuesta del paciente.

La electricidad se fue. La máxima seguridad de ese lugar desapareció. Los pacientes, incluso los más peligrosos recluidos en celdas, salieron a la calle.

El personal del centro intentó salir también pero las puertas se cerraron antes de que pudieran hacerlo.

Entonces desde las ventanas vieron a un ser alto, un monstruo cubierto de pelo y con un sólo ojo en la frente del cual salía un rayo que destrozaba todo aquello que tocaba.

Todos los pacientes del psiquiátrico hablaron al unísono como si estuvieran bajo la influencia de algo muy poderoso:

“Balor del ojo maligno observó la locura del mundo y vino a buscarnos. Nosotros, los locos, tenemos la respuesta.


jueves, 22 de enero de 2026

LIBERTAD

 En un mundo postapocalíptico donde los zombis gobernaban el mundo y la hambruna caminaba a pasos agigantados llegando a los sitios más inhóspitos de la tierra, la supervivencia era lo que prevalecía por encima de todas las cosas. 

Prevalecía el hecho de conseguir comida, sin importar cómo conseguirla. Así que, matar, saquear, torturar estaba bien visto para conseguir algo que llevarse a la boca.

Sin leyes vigentes la anarquía había tomado el poder. Muchas personas se habían dado cuenta de esto y lo usaban a su favor. Personas con un gran don de gentes, carismáticos y sin moral ni principios, se aprovechaban de los más desamparados, personas que harían lo que fuera por una lata de guisantes.

Este era el caso de Nicolás Green que se había hecho con un numeroso grupo de gente que lo seguían tras prometerles un nuevo comienzo lleno de esperanza y mucha comida. 

No tardaron en encontrar un sitio donde asentarse. Un pueblo, en lo alto de una montaña donde podían proteger a la gente de los zombies, amurallando el lugar y poniendo vigías día y noche con orden para matar a todo el que se acercara vivo o muerto.

Nicolás y su esposa tomaron posesión del ayuntamiento. Ella estaba embarazada y su esposo no la dejaba salir prácticamente de su dormitorio. Tenía comida y un médico siempre con ella para atender el embarazo y luego el parto.

Pero la gente empezó a no estar contenta, ni la del pueblo ni los que vivían dentro del ayuntamiento, guardias dispuestos a salvaguardar la vida de Nicolás y Virginia con la suya propia si fuera necesario.

Un día una chica que hacía los quehaceres de doncella de Virginia le contó que el pueblo se moría de hambre. Que su marido se quedaba con todo lo que encontraban en sus muchas excursiones a pueblos y ciudades cercanas, así como, todo lo que se plantaba en las tierras dejándoles una ínfima parte a ellos que no llegaban ni para subsistir. Los más débiles iban muriendo, ancianos y niños sobre todo.

En un principio  Virginia no le creyó, pero Ana decidió que lo viera por ella misma y le propuso salir a las calles ahora que su marido había salido de caza con sus hombres de confianza. Así lo hizo y lo que vio le horrorizó. 

Trazaron un plan. Había gente que vivía en el ayuntamiento que tampoco estaba de acuerdo con la manera que tenía Nicolás de llevar al asentamiento. 

Esperarían al anochecer y cuando el marido durmiera ella le inyectará una sustancia que no mataba, sólo paraliza el cuerpo.

Las cosas marchaban como estaba previsto.

Un joven, Mario, había encontrado una manera de acabar con aquel canalla de una vez por todas.

Lo llevaron a la plaza que había delante del ayuntamiento, la plaza de la libertad, la llamaban.

Mario había colocado una guillotina que había encontrado en los sótanos del ayuntamiento junto con otros instrumentos de tortura que había utilizado con algunas personas que no eran afín a él.

Colocaron la cabeza de Nicolás en ella y su mujer fue la que accionó la palanca para que la cuchilla  cercenara la cabeza de su marido.

La cabeza del tirano rodó por la plaza.


EL GRAN HERMANO TE ESPÍA

  —¡Joe, me voy! –gritó una mujer en el piso de abajo –te dejo comida en la nevera. —¡Vale, mamá! –le respondió su hijo- ¡conduce despacio y...