UNA EXTRAÑA LLAMADA
Una tarde lluviosa mi hermano y yo, quedamos en reunirnos con unos amigos. Habían encontrado algo sorprendente y teníamos que vernos lo antes posible.
Éramos los descendientes de los que habían sobrevivido a la gran guerra. El mundo quedó desolado. Todo lo que habían conocido hasta entonces, desapareció.
Vivíamos en una colonia formada por unas quinientas personas. Mujeres, hombres y niños que tratábamos de sobrevivir día tras día. La vida no era nada fácil. Aprendimos a cultivar la tierra. Construimos un sistema de regadío aprovechando un río que discurría muy cerca. Reconstruimos casas, hicimos una escuela y un hospital. Adquirimos conocimientos gracias a libros que hemos ido encontrando y recopilando durante años. Logramos volver a tener electricidad y teléfono.
Aquella guerra nos llevó al desastre mundial. Todo había comenzado con un virus letal. Las grandes potencias lejos de ayudarse los unos a los otros, luchaban entre ellos por ser los primeros en obtener la cura y lucrarse con ello. Las fronteras se cerraron. Mataban a todo el que quisieran huir, estuviera enfermos o no. Por si todo ello no era por sí solo escalofriante, la naturaleza también se alió en la ardua tarea de exterminar gran parte de la vida en nuestro planeta. El cambio climático renombrado hasta la saciedad, comenzó a dar sus primeros coletazos. Huracanes, terremotos y una terrible sequía que duró años, aceleraron el caos mundial. Los alimentos de primera necesidad empezaron a escasear. Llegaron los robos, las matanzas en las calles. La gente moría de hambre o en manos de algún vecino, amigo o familiar por un trozo de pan. Comían ratas, gatos, perros, cualquier animal que se cruzara en su camino, hasta que comenzaron a escasear. Llegó el canibalismo. El mundo se dividió en dos partes: por un lado, estaba los cazadores y por otro, las presas.
Pero aquel virus, después de tantos años, todavía pululaba entre nosotros. Las vacunas no habían funcionado y no teníamos unas nuevas y al ritmo de los acontecimientos dudo mucho que vamos a encontrar una que sea efectiva, en un futuro próximo.
De vez en cuando salían partidas de gente que tenían que viajar cada vez más lejos. Llegaban con descubrimientos nuevos y gracias a ellos intentábamos avanzar, paso a paso. Pero todavía nos quedaba mucho por hacer, mucho camino por recorrer. Necesitábamos recursos y sobre todo no perder la esperanza en un futuro mejor. Estábamos a las puertas de la extinción total del ser humano.
Cuando llegamos al lugar de encuentro, las ruinas de una casa, que algún día fue un lugar de culto, entramos y nos dirigimos hacia el fondo, allí había una trampilla en el suelo cubierta por una ajada alfombra de color rojo que había visto tiempos mejores. La habíamos descubierto tiempo atrás, de casualidad, mientras pasábamos el rato tirando piedras a los pocos cristales que todavía quedaban. No nos juzguen, somos apenas unos adolescentes, sin mucho donde divertirnos. Allí abajo no había electricidad. Habían encendido unas velas que arrojaban una luz mortecina sobre aquel descubrimiento. Había un libro, un álbum de fotos tomadas con una cámara fotográfica. Nosotros teníamos algunas en la colonia, aunque no funcionaban. Mostraban ciudades, monumentos, fuentes, niños jugando, mayores preparando la comida, siempre salía la misma gente, seguramente se trataba de una familia de vacaciones. Estábamos hipnotizados ante aquella visión. Qué bonito se veía todo. Ninguno de los que estábamos allí había vivido nunca algo similar a lo que mostraban aquellas fotografías. Nos quedamos en silencio, enmudecidos, mientras nuestra imaginación volaba a través del tiempo. Entonces se me ocurrió algo, una idea, surgida de la nada, como una ráfaga de luz en medio de la oscuridad. Se lo hice saber a ellos. Era una locura, pero podía resultar.
Aquel lugar estaba lleno de cosas que habíamos ido recopilando a lo largo de los años. Nuestros mayores no tenían conocimiento de aquello, ni de aquel lugar. Era nuestro sitio secreto. Nuestro refugio donde dábamos rienda suelta a nuestros sueños y a nuestra imaginación. Una de ellas era un libro muy pesado, lleno de números de teléfono. Nosotros teníamos un teléfono en la colonia. Se utilizaba para comunicarnos con otras comunidades. No eran muchas, tal vez una docena a lo sumo. Pero gracias a ello podríamos saber cómo les iba y compartíamos nuestros conocimientos y nuestros descubrimientos para ayudarnos los unos a los otros. Habíamos aprendido una cosa tras la guerra, la unión hacia fuerza. Juntos y sólo juntos saldríamos adelante.
Arranqué una página de aquel libro que era de una ciudad que había existido allí, donde vivíamos nosotros y de la que ahora no quedaban nada salvo ruinas. La guardé en mi bolsillo. Regresamos a la colonia. Estábamos algo nerviosos por lo que íbamos a hacer. Pero al mismo tiempo dispuesto a dar aquel gran paso. No queríamos que nuestros mayores se enteraran, no sabíamos hasta qué punto estarían de acuerdo con todo aquello y ante la duda, decidimos no contar nada y hacerlo bajo nuestra cuenta y riesgo. Entramos en el despacho de René, nuestro líder. La puerta siempre estaba abierta para todo aquel que quisiera utilizar el teléfono.
Teníamos que dar el mensaje. Y esperábamos que nos hicieran caso. Sabíamos cómo hacerlo, había que aprovechar el equinoccio que se produciría aquel día y que era una puerta para viajar en el tiempo. Eso lo aprendimos en un viejo libro que habían encontrado en una vieja casa y que habíamos leído con verdadera avidez de principio a fin. A todos nos fascinaban los temas sobre magia, ritos, leyendas….
Llamamos al primer número de aquella hoja, ansiosos por ver la reacción de la persona al otro lado de la línea. Nos contestaron al segundo tono. Una voz somnolienta nos respondió. Yo era la que había marcado y a la que le tocaba hablar. Me presenté y le dije que tenía un mensaje que darle. Le empecé a contar lo que iba a pasar y la línea se cortó. Me había colgado. Vi las caras de mi hermano y sus amigos, pero yo en vez de desesperarme marqué otro número. Esta vez no me colgaron. Un silencio bastante incómodo, se produjo al otro lado del teléfono cuando terminé de hablar. Al final cuando aquella persona me respondió lo hizo para pedirme pruebas de todo aquello. Teníamos unas cuantas listas para enseñárselas.
Aquel hombre que recibió aquella extraña llamada se quedó de piedra ante lo que le habían contado. Su primera reacción fue la de colgar el teléfono. Pero no sabía por qué no lo había hecho. Aquello sonaba del todo inverosímil como una película de ciencia ficción, alejada completamente de la realidad de la vida. La persona que hablaba no era más que una chiquilla, pero su tono mostraba desesperación por ser creía, desesperación por lo que estaban viviendo. Una desesperación que le helaba la sangre y hacía que su cuerpo se estremeciera ante la idea de que todo aquello pudiera ser real, pudiera suceder… Tenía pruebas, muchas, le había dicho y se las iba a dejar a las diez de la mañana en un parque cerca de su casa. No perdía nada por ir hasta allí y ver por sus propios ojos si era verdad o no.
A la hora señalada, nervioso, se encaminó al punto de encuentro señalado. Lo que encontró fue un gran sobre, pero ni rastro de la persona que lo había dejado. Se sentó en un banco, lo abrió y empezó a sacar las hojas que había dentro. Quedó estupefacto ante lo que estaba viendo y se incrementó a medida que iba leyendo una tras otra, incluidas algunos recortes de periódicos muy antiguos donde mostraban fotografías escalofriantes, aterradoras. Aquello, si era verdad, era de una gravedad a nivel mundial, terrible. La visión de aquellas fotografías le produjeron una terrible angustia y un mal presentimiento. Los últimos acontecimientos ocurridos a nivel mundial indicaban que estaban siguiendo a pies puntillas aquello que estaba viendo con sus propios ojos en aquellas fotos. Aquel virus había llegado ya. Miles de personas habían fallecido a lo largo del mundo.
Sabía a quién recurrir, tenía muchos medios a su alcance, por algo era el primer ministro de la Nación. Había que tomar medidas urgentemente. Lo primero comunicárselo al presidente.
Esa noche los chavales no pudieron conciliar el sueño. Estaban muy nerviosos. Había muchas preguntas sin respuesta flotando en el aire. La chica, que compartía habitación con su hermano, tenía una muy importante que le rondaba por la cabeza como un mosquito molesto. Suponiendo que aquel hombre recibiera el sobre, que lo más seguro era que sí, y no hacía nada, no podrían volver a contactar hasta dentro de seis meses, que se produciría el siguiente equinoccio, el del otoño. No era mucha la espera, teniendo en cuenta, el tiempo que habían esperado hasta ahora. Pero la adrenalina, todavía corría por sus venas y la ansiedad la embargaba. Y otra pregunta, la que más temía. Si la gente del pasado tomaba medidas para que aquella guerra no se produjera, ¿qué sería de ellos? Tal vez, lo más seguro, es que no llegarían a nacer. Estuvo un buen rato acostada en su cama, mirando hacia el techo, como esperando que le hablara y le diera las respuestas a sus inquietudes. Pero no pasó nada y al cabo de un rato, a causa del cansancio, el sueño al final llegó.
Aquel hombre hizo varias llamadas. Ponía énfasis, en cada una de ellas, en que el motivo era de máxima urgencia. Después de mucho insistir al fin el presidente lo recibiría en una hora. Mientras tanto, ya en su casa, esperando que lo vinieran a recoger, empezó a buscar información en su portátil. Imprimió algunas hojas y las estaba guardando en una carpeta cuando sonó el timbre de su casa. Era la hora de la verdad.
Los siguientes días fueron un tormento para aquellos jóvenes, hablaban sin parar del tema. Esperando que sucediera algo que les dijera que aquella llamada había surtido efecto. Pero nada sucedía. No habían hablado con los adultos sobre lo que habían hecho, aunque alguna que otra vez estuvieron tentados. No sabían cómo irían a reaccionar y ya estaban bastante angustiados como para por encima recibir una buena reprimenda seguida, seguramente, de un buen castigo. Tenían miedo. Cuando su amiga les dijo que tal vez, si el hombre les hacía caso, ellos no existirían nunca, no les gustó, ni una pizca, todo hay que decirlo. Pero al cabo de un rato, después de pensarlo detenidamente, pensaron que merecería la pena no existir, si el mundo nunca se destruyera, algo que, si los adultos lo escucharan estarían orgullosos de tal madurez por parte de aquellos cuatro chiquillos preadolescentes. La cabeza les siguió dando vueltas y más vueltas, y llegaron a la conclusión de que tal vez, sí existirían, pero en un lugar, igual de bonito como el que habían visto en las fotos y en un planeta que no estuviera muerto como lo estaba ahora. Y la verdad sea dicha, ante esa imagen, merecía la pena arriesgarse.
El presidente había convocado a un grupo de gente en un lugar privado y secreto. Los invitados iban llegando en grandes coches negros con las lunas tintadas y los ojos vendados. Conocía al primer ministro desde la infancia y sabía que no era un hombre que se dejara influir fácilmente. Su fama de implacable le precedía. Entonces lo que le iba a decir tendría que ser de una gran magnitud. Eso le causaba un verdadero pavor.
El primer ministro fue el último en llegar y cuando lo hizo se encontró en una gran sala donde había una gran mesa de cristal que por sus dimensiones ocupaba casi toda la habitación. Una veintena de personas estaban sentadas ante ella, esperando expectantes lo que tenía que decirles con la máxima urgencia.
Así que no los hizo esperar más. Abrió el sobre y empezó a mostrarle lo que había en el interior. Recortes de periódicos, amarillentos por el paso del tiempo, fotografías y dibujos realizados a lápiz. En los recortes se hablaba de la falta de efectividad de la vacuna contra el virus que los azotaba. Y como nadie hacia nada al respeto, todos se pelean diciendo que la suya era mejor y la gente mientras tanto iba muriendo a lo largo del mundo. Fotografías de cadáveres hacinados en las calles sin que nadie los recogiera. Gente desvalijando tiendas y agrediendo a otros. Cadáveres con un tiro en la frente. Animales encerrados en jaulas para ser sacrificados y servir de alimento. Incluso restos de cadáveres humanos mutilados listos para ser devorados.
Un gran titular en donde ponía que la Gran Guerra, era inevitable y que los países se estaban preparando para entrar en combate. Los dibujos mostraban ciudades asoladas, escombros, cenizas por todas partes. Había una nota donde decía que no disponían de cámaras para plasmar aquella desolación, pero que un chaval al que se le daba muy bien el dibujo plasmaba en una hoja lo que veía.
Contaban en la nota que eran pocos los supervivientes. El mundo había sido destruido casi en su totalidad. Vivian en colonias. Tuvieron que empezar desde cero. Ahora disponían de agua potable y electricidad, y el día a día era una lucha total por la supervivencia ya que el virus seguía entre ellos.
Hubo un silencio total en aquella sala. Todos sabían que el mundo estaba a punto de quebrarse. Y que aquello iba a pasar. Ya habían empezado las revueltas a lo largo del mundo, e incluso corrían rumores de que la mayoría de países, estaban preparando sus ejércitos y sus armas para entrar en guerra. Aquello entonces era verídico. Había pasado. Y querían alertarnos de las consecuencias. Sólo tenían que pararlo.
Los siguientes días fueron de locos. Llamadas, reuniones, científicos del todo el mundo se unieron para dar con la vacuna definitiva, sin pensar en los beneficios, sólo en evitar una catástrofe mundial. La humanidad se podía salvar si todos ponían algo de su parte.
Una mañana, los dos hermanos se despertaron, pero no lo hicieron en el lugar habitual que era una sala dormitorio, donde una veintena de chavales dormían. No. Estaban en una habitación, los dos solos. Les llegó el olor a tortitas y café recién hecho. Se miraron entre ellos sin comprender lo que pasaba. Bajaron. En la cocina estaban sus padres. Se les veía felices. Tenían el televisor puesto. Habían logrado la vacuna definitiva que acabaría con aquel virus. El mundo se había salvado. Ellos no pudieron evitar llorar de alegría mientras se abrazaban. Había funcionado. Entonces….
El ruido de unos aviones surcando el cielo los hizo enmudecer. Escucharon un ruido ensordecedor. El suelo se movió. Luego la nada más absoluta los envolvió en un sueño eterno.