Tomás al salir del trabajo, cogió el coche y puso rumbo a Finisterre. No se le ocurría un lugar mejor para deshacerse de esas maletas que llevaba en el coche.
Estaba anocheciendo, pero eso no le impidió reconocer a un hombre que iba por la carretera caminando a paso acelerado y cabizbajo. No le cabía la menor duda de que era San, el anciano que vivía en la casa al lado de la de su hermana.
A pesar de que el anciano iba en dirección a Coruña de donde venía él, no dudó ni un segundo en dar la vuelta en la rotonda y pararse a su lado.
Al principio San no lo reconoció pero en cuanto pronunció su nombre, se paró y lo contempló con la mirada perdida.
Tomás se bajó del coche y le preguntó a dónde iba.
Él le respondió que a ver a Elena, su mujer. Tomás le dijo que subiera que lo llevaría él. San le dio las gracias y se subió al coche.
Estuvieron un rato callados hasta que el anciano rompió el silencio.
-Hoy he recibido una llamada -le dijo mientras apretaba contra su pecho el paraguas que llevaba en la mano. Eran imaginaciones suyas o aquel paraguas tenía en la base algo inusual, le pareció una daga o un puñal pero no podía ver bien lo que era porque la luz de las farolas no llegaba a alumbrarlo. Lo que sí se podía ver claramente era la empuñadura en forma de león.
-¿De quién?
San obvió la pregunta y siguió hablando.
-¿Te acuerdas de que hace tres años murieron mi hijo, mi nieto y mi nuera en aquel accidente de tráfico en la autopista de Santiago?
Tomás asintió con la cabeza. Había sido una auténtica tragedia.
Elena y Santiago no tenían más hijos y desde entonces sus vidas cambiaron para siempre. Él lo había ido superando a su manera pero su mejor se fue marchitando como una flor a pasos agigantados.
-Bien pues me llamó hace una media hora diciéndome no se que de una casa que había comprado, que mi nieto era muy bueno en el fútbol y que no se podía hacer cargo de su madre.
Silencio
Tomás lo miró desde el asiento del conductor sorprendido. ¿Estaría perdiendo el juicio el buen hombre?
-Bueno tú sabes tan bien como yo que mi hijo no pudo hacer esa jodida llamada porque está muerto. Pero había algo en su voz. Algo que me asustó. Me pareció reconocer a la persona o quien fuera al otro lado del teléfono. Y tuve un presentimiento. Algo estaba pasando o pasará en breves. Algo endiabladamente malo. Así que me dije: voy a visitar a Elena y sin pensarlo me puse en camino.
-¿No pensaste que podría ser alguien que te estuviera haciendo una broma macabra?
San no respondió a la pregunta. Entonces Tomás le preguntó:
-¿Por qué no cogiste el coche?
Esta pregunta sí tuvo respuesta.
-Estoy demasiado nervioso para conducir, además estoy perdiendo la visión del ojo derecho.
-Muy bien ya hemos llegado, te espero en la cafetería mientras visitas a Elena y luego te llevo de vuelta a casa.
-Gracias amigo, sabía que podía contar contigo.
Tomás dejó al anciano en la puerta de la residencia y fue a aparcar el coche.
Se acercó a la cafetería del centro y pidió un café con leche. Era el único cliente.
Unos ruidos, llantos y gritos provenientes de los pisos superiores lo pusieron a él y al camarero en alerta. Iban a salir a preguntar qué pasaba cuando una enfermera cubierta de sangre entró en la cafetería. Estaba llorando y temblaba como una hoja a punto de caer. Se sentó ante una mesa mientras el camarero le llevaba un vaso de agua. Tomás también se acercó a la mesa y ambos le preguntaron a la mujer qué había pasado.
-Entre sollozos lograron comprender que Santiago Pemán había matado a su mujer y luego se había quitado la vida.
-¿Cómo la mató? -le preguntó Tomás sin poder creer lo que aquella mujer les estaba diciendo.
-Con un puñal que llevaba en el paraguas.
Comenzaron a escucharse las sirenas de la policía. No estaban lejos.
Tomás se levantó y salió de la residencia. Si se quedaba corría el riesgo que descubrieran de una manera u otra lo que llevaba en el mallero. Era consciente de que era una paranoia suya. ¿Por qué le iban a registrar el coche? No tenían motivo para ello. Aquello había sido un asesinato y un suicidio. Más claro blanco y en botella. Aun así, encendió el coche y salió de allí como alma que lleva el diablo.
La escritora se había quedado dormida en el sofá viendo una película cuando el sonido de su móvil la despertó.
La estaba llamando una amiga enfermera que trabajaba en la residencia donde Elena, la mujer de San era una paciente.
No le dio buena espina aquella llamada.
Cuando colgaron al otro lado del teléfono ella estaba llorando.
Tenía que ir hasta allí. No tenían más familia desde que su único hijo había muerto con su familia, en un aparatoso accidente en la autopista. Un camión había perdido los frenos y había pasado por encima del coche.
Se vistió a toda prisa. Cogió el abrigo y el bolso y se subió al coche.
Cogió, lo que le pareció un atajo, ir por San Icía.
Santa Icía es una pequeña aldea situada después del cementerio de Feans. Era famosa por sus curvas y sobre todo por una recta cuesta abajo en la que ya se habían producido varios accidentes, el último hacía un año la de un chaval de unos veinte años que se salió de la carretera al no poder controlar el coche en un día lluvioso.
Estaba llegando a esa recta cuando vio que un coche bajaba a toda velocidad y dando eses. Le hizo luces y le pitó. En un momento pensó que iba a chocar contra ella así que se arrimó lo que pudo a la cuneta.
Aquello le salvó la vida.
No tuvo la misma suerte el conductor del otro vehículo que al hacer un viraje de ciento ochenta grados las ruedas perdieron el contacto con la carretera y volcó en la cuneta.
Continuará….
No hay comentarios:
Publicar un comentario