Elisa permanecía sentada ante su mesa mirando fijamente al profesor de matemáticas que no paraba de hablarle. Que si había aprobado por los pelos, que si tenía que esforzarse más y que la clase de refuerzo que le había dado la semana anterior había jugado un gran papel en aquel aprobado y que si quería aprobar la asignatura tendría que seguir yendo a aquellas clases de refuerzo cada semana.
Elisa recordaba la vez que se había quedado a solas con aquel hombre. Tenía la cara surcada de arrugas que parecía el mapa de carretera de algún país para ella desconocido, una nariz aguileña y unos ojos negros como como el azabache. Pero lo que más recordaba y le producía un estremecimiento por todo su cuerpo era su aliento. Una mezcla de tabaco, alcohol y muerte que le daba arcadas igual que cuando su madre le ponía un plato de brócoli para comer.
Aquel ser asqueroso (sabía que a algunas chicas le parecía atractivo, no podía entenderlo) le dijo que fuera hasta su mesa. Subió el peldaño que le separaba del resto de los alumnos como si fuera un ser superior a ellos, un dios arcano con un gran poder sobre ellos porque sabía que en sus manos tenía el aprobado que tanto deseaban para pasar de curso.
Elisa obedeció. Llevaba su libro de matemáticas en una mano y un bolígrafo en la otra.
Ella guardó una cierta distancia. Él le dijo que se acercara más agarrándola por la cintura, ella hizo un movimiento brusco consiguiendo que aquellas garras la soltaran. El profesor lejos de enfadarse se rió mostrando unos dientes amarillos por la nicotica. La agarró de la mano con fuerza y le pidió que se sentara en su regazo. Ella rehusó la invitación. En su mundo que una alumna lo rechazara era inconcebible. Todavía era atractivo y eso jugaba a su favor. Una buena nota en su asignatura, la nota más alta y tendría un currículum brillante de cara a la universidad.
Pero ella se resistía. En ese momento de incertidumbre, en esos segundos en los que el profesor dudó de lo que pasaba, Elisa aprovechó para golpearle en la cabeza con el libro de matemáticas y a continuación le clavó el bolígrafo en la garganta, directo a la yugular.
La sangre comenzó a salir a borbotones cubriendo la ropa y la mesa del profesor de sangre.
Ella se limitó a limpiar el bolígrafo manchado de sangre en la ropa del profesor. Fue hasta su mesa. Guardó el libro de matemáticas en la mochila junto al bolígrafo. Se puso el abrigo y salió del aula.
No haría nada con el cuerpo, no merecía la pena. Lo encontrarían tarde o temprano. Le daba igual.
No había nadie en el instituto, incluso el conserje se había ido a casa. Se ocultó de las cámaras que había en el exterior del instituto y siguiendo una senda por el bosque llegó a casa.
La complejidad de la clase trajo la muerte.
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