miércoles, 8 de julio de 2026

LOS DOS HERMANOS

 En un gran taller de madera cubierto de libros, mapas y tinteros, en Alemania, vivían dos hermanos, Jacob y Wilhelm, conocidos por todos como Los Hermanos Grimm.

Ellos no sólo escribían cuentos, tenían una pluma mágica que permitían a sus personajes, cruzar del papel al mundo real.

Una tarde de otoño, decidieron organizar una gran fiesta en honor a todos los personajes de sus cuentos.

Wilhelm, el hermano mayor, tomó la pluma y escribió en letras doradas: “Están todos invitados al Gran Claro del Bosque”


La llegada de los invitados.


El primero en aparecer a paso lento pero seguro fue Hansel, quien venía dejando caer piedras blancas para no perderse, mientras Gretel caminaba a su lado devorando un trozo de chocolate de la casa de la bruja malvada.
Pronto, el cielo se iluminó con un destello plateado. Era el carruaje de Cenicienta, quien llegó luciendo sus preciosos zapatos de cristal.

Del bosque salieron saltando Blancanieves y los siete enanitos, quienes cantaban alegremente mientras cargaban una enorme cesta de manzanas (esta vez, completamente inofensivas).


Desde lo alto de una torre cercana, que nadie había visto antes, una larguísima trenza dorada cayó hacia el suelo. Rapunzel se deslizó por ella con una sonrisa, saludando a la Bella Durmiente que llegaba un poco adormilada, pero muy contenta.


Un pequeño problema en la mesa.


La fiesta se instaló bajo un roble gigante. Había mesas llenas de pasteles y jarras de todo tipo de zumos.

El Lobo Feroz llegó relamiéndose los bigotes, lo que asustó a Caperucita Roja. Pero Jacob Grimm levantó el dedo y le dijo con firmeza: “Señor Lobo, hoy es un día de paz. Si se porta bien hay pastel de carne para usted”

El lobo avergonzado, se puso una servilleta en el cuello y se sentó en una esquina a comer con buenos modales.

Los Músicos de Bremen (el burro, el perro, el gato y el gallo) se subieron unos encima de otros hasta formar una torre y empezaron a tocar una alegre melodía.  

El problema era que cantaban tan fuerte que el Sastrecillo Valiente casi se cae de un susto mientras intentaba contarle a un gigante cómo había vencido a “siete de un golpe” (que en realidad habían sido moscas).

Mientras tanto, Rumpelstiltskin corría alrededor de una fogata saltando sobre un solo pie, intentando adivinar los nombres de todos los presentes y el Príncipe Rana daba saltos en el agua salpicando así a las princesas que se reían a carcajadas.


El gran brindis de los Grimm.


Cuando la luna brilló en lo alto, Wilhelm Grimm se puso de pie y golpeó suavemente su copa con una cuchara para llamar la atención de todos.

El bosque quedó en un absoluto y mágico silencio.

“Queridos amigos” dijo Wilhelm con los ojos brillantes de emoción. “Nosotros los creamos con tinta y papel, pero son ustedes quienes llenan de magia los corazones de todos los niños del mundo. Gracias por enseñarnos  el valor, la bondad y la esperanza”

Jacob también levantó su copa y añadió:

“Y recuerden, no importa cuán oscuro parezca el bosque o cuán larga sea la noche, al final, el bien siempre triunfa”

Todos los personajes -desde el más pequeño enanito hasta el lobo reformado- aplaudieron y vitorearon a los dos hermanos. Se tomaron de las manos y bailaron bajo las estrellas hasta que comenzó a amanecer.

Cuando los primeros rayos del sol tocaron el claro del bosque, los personajes comenzaron a desvanecerse lentamente, regresando a las páginas de sus respectivos libros con una gran sonrisa en el rostro, sabiendo que mientras un niño abriera uno de ellos, todos serían felices para siempre.



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