-Buenos días, cariño, voy a hacer café mientras te duchas.
-Buenas días a ti también -le respondió el hombre mientras se desperezaba- enseguida bajo.
El olor a café recién hecho llegaba hasta el piso de arriba donde el hombre, tras la ducha, se estaba vistiendo.
Como tardaba tanto en bajar la mujer decidió subir por si necesitaba algo y se lo encontró cortando las uñas de los pies sentado en la cama.
-Pero… ¿Qué haces?
-Ya lo ves, cortándome las uñas.
La mujer lo miró enfadada.
-Pero hombre, pon un papel o algo para que no caigan en el suelo.
-La próxima vez, no me di cuenta y es tarde ya -intentó disculparse el hombre sin mucho éxito pues el enfado de su mujer notaba que aumentaba a medida que él se iba excusando.
-Por cierto, ¿has mirado las trampas que pusiste por sí cayó la rata que hace días anda deambulando por casa?
-No, lo miro cuando llegue a casa. Ya te he dicho que es tarde y ahora no me da tiempo a revisarlas.
La mujer guardó silencio.
El hombre la miró y le preguntó:
-¿Qué pasa?
-Leí en alguna parte que en el folclore tradicional de Corea que las ratas comen uñas humanas para convertirse en ser humano. Y lo peor de la historia es que dicha rata al comerlos absorbe la esencia humana.
Gana la misma voz, rostro y cuerpo del dueño de las uñas.
-Esos no son más que chorradas, querida, leyendas urbanas. Deberías de dejar de leer esas cosas.
-Vale, lo que tú digas -le respondió la mujer saliendo de la habitación- el café está listo.
Mientras el hombre se calzaba y bajaba a la cocina, la rata, que varios días llevaban intentando cazar, se comió las uñas del hombre.
Se oyó cerrarse la puerta de la calle y abrirse la puerta del garaje.
La mujer subió al dormitorio a hacer la cama y limpiar el cuarto de baño.
Su marido estaba sentado en la cama, completamente vestido.
-Siéntate aquí a mi lado, por favor -le pidió,
Ella se sentó y le preguntó si estaba bien. Había visto con sus propios ojos cómo su marido se metía en el coche y se iba.
-Te pido perdón por si todos estos años que llevamos casado no me he portado bien contigo. A veces llego cansado del trabajo y soy consciente de que no te hago mucho caso. Pero te prometo -le dijo cogiéndole la mano y besándosela- que no volverá a suceder. Te quiero mucho, lo sabes, ¿verdad? Así que hoy he decidido no ir a trabajar y pasar el día juntos.
Sí, ella lo sabía y también sabía que aquel no era su marido, aquel era la rata.