miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA RATA

 -Buenos días, cariño, voy a hacer café mientras te duchas.

-Buenas días a ti también -le respondió el hombre mientras se desperezaba-  enseguida bajo.

El olor a café recién hecho llegaba hasta el piso de arriba donde el hombre, tras la ducha, se estaba vistiendo.

Como tardaba tanto en bajar la mujer decidió subir por si necesitaba algo y se lo encontró cortando las uñas de los pies sentado en la cama.

-Pero… ¿Qué haces?

-Ya lo ves, cortándome las uñas.

La mujer lo miró enfadada.

-Pero hombre, pon un papel o algo para que no caigan en el suelo.

-La próxima vez, no me di cuenta y es tarde ya -intentó disculparse el hombre sin mucho éxito pues el enfado de su mujer notaba que aumentaba a medida que él se iba excusando.

-Por cierto, ¿has mirado las trampas que pusiste por sí cayó la rata que hace días anda deambulando por casa?

-No, lo miro cuando llegue a casa. Ya te he dicho que es tarde y ahora no me da tiempo a revisarlas.

La mujer guardó silencio.

El hombre la miró y le preguntó:

-¿Qué pasa?

-Leí en alguna parte que en el folclore tradicional de Corea que las ratas comen uñas humanas para convertirse en ser humano. Y lo peor de la historia es que dicha rata al comerlos absorbe la esencia humana.
Gana la misma voz, rostro y cuerpo del dueño de las uñas.

-Esos no son más que chorradas, querida, leyendas urbanas. Deberías de dejar de leer esas cosas.

-Vale, lo que tú digas -le respondió la mujer saliendo de la habitación- el café está listo.

Mientras el hombre se calzaba y bajaba a la cocina, la rata, que varios días llevaban intentando cazar, se comió las uñas del hombre.

Se oyó cerrarse la puerta de la calle y abrirse la puerta del garaje.

La mujer subió al dormitorio a hacer la cama y limpiar el cuarto de baño.

Su marido estaba sentado en la cama, completamente vestido.

-Siéntate aquí a mi lado, por favor -le pidió,

Ella se sentó y le preguntó si estaba bien. Había visto con sus propios ojos cómo su marido se metía en el coche y se iba.

-Te pido perdón por si todos estos años que llevamos casado no me he portado bien contigo. A veces llego cansado del trabajo y soy consciente de que no te hago mucho caso. Pero te prometo -le dijo cogiéndole la mano y besándosela- que no volverá a suceder. Te quiero mucho, lo sabes, ¿verdad? Así que hoy he decidido no ir a trabajar y pasar el día juntos.

Sí, ella lo sabía y también sabía que aquel no era su marido, aquel era la rata.


jueves, 10 de septiembre de 2026

ALUCINACIONES

 

Todo comenzó una mañana, cuando al echar mano del frasco que contenía las pastillas que tomaba para las fuertes migrañas que padecía, éste estaba vacío. Se había olvidado de comprarlas y el dolor estaba empezando a expandirse por su cabeza envolviéndola en una densa niebla gris. Hacía días que no las tomaba, la sola idea de salir a la calle la aterraba, pero aquel día en concreto necesitaba una con urgencia, temía que la cabeza le explotara en cualquier momento.

Decidió prepararse un café bien cargado.

A la cafetera le habían salido un par de ojos y la estaban mirando fijamente. Estupefacta y retrocediendo unos pasos muy asustada pudo ver también una boca en ella que le sonreía mientras le decía con sarcasmo:

-Querida, no creo que sea una buena idea que te tomes una taza de café sin haberte tomado tus pastillas. ¿No crees?

Caminó de espaldas sin perder de vista a aquella cafetera maldita, temiendo que bajara de la encimera y la persiguiera. Escuchó un quejito a sus espaldas. Había chocado contra la puerta de la cocina.

- ¡A ver si miras por donde vas! ¡Me has hecho daño! –le regañó ésta.

La mujer se agarró la cabeza con ambas manos. El dolor que sufría era cada vez más intenso e insoportable. Le habían dado episodios fuertes, pero como aquel no recordaba haberlos tenido nunca. Definitivamente estaba perdiendo la cordura.

Salió de allí corriendo como alma que lleva el diablo y se encerró en el cuarto de baño. Se apoyó contra la puerta, cerró los ojos y se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo. Tenía que tranquilizarse. Respiró hondo y comenzó a contar en voz alta. Cuando en su cuenta llegara al número veinte abriría los ojos y estaba casi segura que se despertaría en su cama y todo aquello sería parte de una mala pesadilla. 

Al llegar al número 20 abrió los ojos. Muy a su pesar no estaba en su cama. Miró a su alrededor. No cabía duda que estaba en el baño, pero era enorme, como hecho a la medida de un gigante y ella tenía el tamaño de una hormiga. No sabía lo que le estaba pasando, pero todo aquello era de locos. La ventana estaba abierta, pero el problema era cómo llegar hasta allí y pedir ayuda. Tenía que intentarlo. No podía quedarse sentada allí para siempre. En un lateral de la bañera una araña había tejido una tela. Hizo una nota mental en su cabeza de limpiar mejor aquel sitio. Pero su pésima limpieza le podía salvar la vida en esos momentos. Empezó a trepar por ella esperando que su dueña estuviera ausente durante un buen rato. Encontró moscas muertas a su paso. Por fin llegó hasta la parte superior de la bañera. Ahora sólo tenía que escalar la cortina y llegaría hasta la ventana. Empezó a subir por ella, pero una minúscula gota de agua la hizo resbalar, perdiendo el equilibrio y cayéndose de bruces sobre las frías baldosas del suelo. Perdió el conocimiento.

Se despertó con el cuerpo dolorido. Se enderezó no sin cierto esfuerzo y miró a su alrededor. El baño volvía a tener el tamaño que le correspondía. Se levantó del suelo lentamente como si llevara el peso del mundo sobre su espalda y con pasos lentos e inseguros agarrándose a las paredes llegó hasta su habitación. Se sentó en la cama. Tenía que llamar a alguien que la ayudara. Miró a su alrededor en busca de su móvil. Lo localizó en la mesilla de noche al lado de la cama. Se dispuso a bajarse de la cama cuando se dio cuenta de que todo a su alrededor se hacía muy pequeño a pasos agigantados y ella estaba adquiriendo un tamaño desmesurado. Sus piernas y brazos habían crecido tanto que no cabía en la habitación y tenía que permanecer encogida. Se puso a llorar de rabia, impotencia, dolor y miedo. Las lágrimas corrían por sus mejillas como cataratas y era consciente que si no paraba de llorar inundaría la habitación en cuestión de minutos. El cansancio pudo con ella y se quedó dormida. Cuando despertó la luz del sol había desaparecido y las sombras se habían adueñado de su habitación. Volvía a tener su tamaño normal. Hizo la llamada que no había podido hacer hasta entonces. En menos de quince minutos el médico estaba llamando a su puerta. Traía consigo las pastillas de la migraña y un fuerte sedante para tranquilizarla. Ella le preguntó qué le había pasado. Su respuesta la dejó pasmada, sin palabras.

-Has sufrido un episodio de lo que llamamos síndrome de “Alicia en el país de las maravillas” causado por las migrañas que padeces y por no tomar la medicación correspondiente.

viernes, 4 de septiembre de 2026

DELIRIOS

 


 

 He salido a comprar, el supermercado queda a escasos metros de mi casa. Es temprano, me cruzo con un vagabundo por la calle, me mira de soslayo, lo miro y un escalofrío recorre mi cuerpo al ver la cara sucia y arrugada de aquel hombre, con unos ojos pequeños y hundidos, empujaba un carrito, parecía pesar mucho, por el esfuerzo que hacía. ¿Y si había matado a alguien y lo llevaba allí, tapado con aquellos cartones y mantas viejas? Acelero el paso y miro de vez en cuando hacia atrás por si me sigue. No lo hace. El supermercado está abierto, pero las estanterías están casi vacías, hay escasez de casi todo. Cojo lo que necesito y me voy.  La epidemia que vivimos ha mermado los suministros básicos, tienen problemas en la distribución, la gente se muere y falta personal. La población ha mermado en un setenta por ciento. A este paso los que todavía seguimos vivos, nos moriremos de inanición. Regreso a mi casa, no es seguro estar en las calles, hay saqueadores por todas partes que te matarían por un trozo de pan.

De momento tengo comida para varios días, eso, estirándola. Luego la cosa se va a poner muy fea, como esto no mejore, y no creo que lo haga. En las noticias han dicho que la falta de alimentos y productos básicos es generalizada. Y a este ritmo llegarán a desaparecer.

Trabajo en una tienda de decoración, mejor dicho, trabajaba, porque con todo lo acontecido ya nadie quiere redecorar su casa. Ya no se venden cuadros, ni lámparas y mucho menos figuras decorativas con precios exorbitados. Ahora son otras las prioridades y las más importante y casi diría que única, es la de la comida. Los pocos vecinos que quedan en mi barrio casi no salen de casa, vivimos en una urbanización que es más o menos segura. De momento no se dieron saqueos en las casas. Pero el barrio está muerto, ya nadie pasea, ni se ven niños en el parque, ni personas paseando sus mascotas, por ver no se ven ni perros, gatos, ni ningún otro animal. He oído en las noticias que hay un montón de gente desaparecida. No saben quién los lleva, ni a donde, lo único que se sabe es que no se vuelven a ver. Esta noche he visto a una persona encapuchada por la calle, parecía que buscaba algo, me dio mala espina, pero no hice nada. Tengo miedo. Esta noche volveré a vigilar desde la ventana por si veo algo. Vivo sola, a mi marido y a mi hija se los ha llevado el virus y a veces, casi siempre para ser sincera, me culpo por seguir viva. Más de una vez pensé en suicidarme, creo que estaría mejor muerta y enterrada con ellos, que seguir como estoy, muerta en vida. Luchando cada día por sobrevivir. Los hospitales están faltos de personal, han muerto la mayoría de los médicos y enfermeras, y los que quedan están agotados y desmoralizados, porque son incapaces de parar este virus que nos asola. Los infectados siguen creciendo día a día. Sólo hay que ver lo que dicen en la televisión.

Ya es de noche estoy en la ventana, he visto al tipo de la noche anterior, voy a seguirlo, sé que es una locura. Lo hago guardando una distancia prudencial, llevamos un rato caminando, creo que no se dio cuenta de que estoy tras él. Gira a la izquierda y se mete en un callejón. Lo sigo.  Está muy sucio, hay contenedores de basura por todos los lados. El hombre abre una puerta que hay al fondo y entra. Sigo andando, llego hasta allí, y lo sigo hasta el interior. Alguien me agarra por el cuello. Me han descubierto. Pierdo el conocimiento, seguramente por el golpe que me han dado en la cabeza. Al volver en mí, hay un tipo mirándome fijamente. Me ayuda a levantarme.

Ya estoy en casa. Esta noche volveré a salir, sé lo que tengo que hacer. Me lo han dejado muy claro. Veo una joven con una caja de cartón en la mano, va corriendo, yo estoy rezagada tras un seto que hay delante de mi casa, la observo. Aporrea con fuerza la puerta de mi vecina de enfrente, deja la caja en el suelo y se va. Mientras la joven llegaba a la puerta yo me fui moviendo con sigilo, cruzando la calle, al amparo de las sombras. Llego a la casa. Agachada llego hasta la puerta de la casa y me coloco en un lateral de la puerta, esperando que mi vecina la abra. Le di una pequeña patada a la caja, era pesada, esperaba que allí dentro hubiera lo que tanto deseábamos todos. Saqué el cuchillo que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Mi vecina abrió y me abalancé sobre ella, se lo clavé en la garganta cuando un grito de terror empezaba a salir de su garganta. Silbé tres veces y unas sombras se fueron acercando a mi encuentro. Dos de ellas metieron el cuerpo sin vida en una furgoneta aparcada muy cerca de donde estábamos. Miré lo que contenía la caja, lo que me imaginaba, era comida. Sonreí. Teníamos aquel cuerpo y el contenido de la caja, no nos moriríamos de hambre, de momento.

La policía me ha traído hasta este sitio, no me puedo mover, llevo puesta una camisa de fuerza, como esas que le ponen a la gente que está loca. No sé porque me la pusieron, no estoy loca. Dicen que es por mi bien, que estoy nerviosa. Les dije que había matado a mi vecina para no morirme de hambre, que ellos también tenían que hacerlo. Creen que sufro delirios y que me lo estoy inventando todo. No hay comida, el mundo ha llegado a su fin, es la ley de la supervivencia. ¿Acaso no ven las noticias? ¿Quién es el loco aquí?


PAPEL HIGIÉNICO

  Cuenta la leyenda que una mujer con una máscara y una capa roja habita en el último cubículo de los baños públicos o escolares. Cuando alg...