Todo comenzó una mañana, cuando al echar mano del
frasco que contenía las pastillas que tomaba para las fuertes migrañas que
padecía, éste estaba vacío. Se había olvidado de comprarlas y el dolor estaba
empezando a expandirse por su cabeza envolviéndola en una densa niebla gris.
Hacía días que no las tomaba, la sola idea de salir a la calle la aterraba,
pero aquel día en concreto necesitaba una con urgencia, temía que la cabeza le
explotara en cualquier momento.
Decidió prepararse un café bien cargado.
A la cafetera le habían salido un par de ojos y
la estaban mirando fijamente. Estupefacta y retrocediendo unos pasos muy
asustada pudo ver también una boca en ella que le sonreía mientras le decía con
sarcasmo:
-Querida, no creo que sea una buena idea que te
tomes una taza de café sin haberte tomado tus pastillas. ¿No crees?
Caminó de espaldas sin perder de vista a aquella
cafetera maldita, temiendo que bajara de la encimera y la persiguiera. Escuchó
un quejito a sus espaldas. Había chocado contra la puerta de la cocina.
- ¡A ver si miras por donde vas! ¡Me has hecho
daño! –le regañó ésta.
La mujer se agarró la cabeza con ambas manos. El
dolor que sufría era cada vez más intenso e insoportable. Le habían dado
episodios fuertes, pero como aquel no recordaba haberlos tenido nunca.
Definitivamente estaba perdiendo la cordura.
Salió de allí corriendo como alma que lleva el
diablo y se encerró en el cuarto de baño. Se apoyó contra la puerta, cerró los
ojos y se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo. Tenía que tranquilizarse.
Respiró hondo y comenzó a contar en voz alta. Cuando en su cuenta llegara al
número veinte abriría los ojos y estaba casi segura que se despertaría en su
cama y todo aquello sería parte de una mala pesadilla.
Al llegar al número 20 abrió los ojos. Muy a su
pesar no estaba en su cama. Miró a su alrededor. No cabía duda que estaba en el
baño, pero era enorme, como hecho a la medida de un gigante y ella tenía el
tamaño de una hormiga. No sabía lo que le estaba pasando, pero todo aquello era
de locos. La ventana estaba abierta, pero el problema era cómo llegar hasta
allí y pedir ayuda. Tenía que intentarlo. No podía quedarse sentada allí para
siempre. En un lateral de la bañera una araña había tejido una tela. Hizo una
nota mental en su cabeza de limpiar mejor aquel sitio. Pero su pésima limpieza
le podía salvar la vida en esos momentos. Empezó a trepar por ella esperando
que su dueña estuviera ausente durante un buen rato. Encontró moscas muertas a
su paso. Por fin llegó hasta la parte superior de la bañera. Ahora sólo tenía
que escalar la cortina y llegaría hasta la ventana. Empezó a subir por ella,
pero una minúscula gota de agua la hizo resbalar, perdiendo el equilibrio y
cayéndose de bruces sobre las frías baldosas del suelo. Perdió el conocimiento.
Se despertó con el cuerpo dolorido. Se enderezó
no sin cierto esfuerzo y miró a su alrededor. El baño volvía a tener el tamaño
que le correspondía. Se levantó del suelo lentamente como si llevara el peso
del mundo sobre su espalda y con pasos lentos e inseguros agarrándose a las
paredes llegó hasta su habitación. Se sentó en la cama. Tenía que llamar a
alguien que la ayudara. Miró a su alrededor en busca de su móvil. Lo localizó
en la mesilla de noche al lado de la cama. Se dispuso a bajarse de la cama cuando
se dio cuenta de que todo a su alrededor se hacía muy pequeño a pasos
agigantados y ella estaba adquiriendo un tamaño desmesurado. Sus piernas y
brazos habían crecido tanto que no cabía en la habitación y tenía que
permanecer encogida. Se puso a llorar de rabia, impotencia, dolor y miedo. Las
lágrimas corrían por sus mejillas como cataratas y era consciente que si no
paraba de llorar inundaría la habitación en cuestión de minutos. El cansancio
pudo con ella y se quedó dormida. Cuando despertó la luz del sol había
desaparecido y las sombras se habían adueñado de su habitación. Volvía a tener
su tamaño normal. Hizo la llamada que no había podido hacer hasta entonces. En
menos de quince minutos el médico estaba llamando a su puerta. Traía consigo
las pastillas de la migraña y un fuerte sedante para tranquilizarla. Ella le
preguntó qué le había pasado. Su respuesta la dejó pasmada, sin palabras.
-Has sufrido un episodio de lo que llamamos
síndrome de “Alicia en el país de las maravillas” causado por las migrañas que
padeces y por no tomar la medicación correspondiente.
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